RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

La democracia fuerte

LA democracia es ancha por hermosa o es hermosa por ancha, por esa hechura amplísima de venas, capilares, que pueden hospedar muchos grupos sanguíneos muy diversos, acaso incompatibles entre sí. La respiración pulmonar del Estado, constitucional y franca, oxigenada y fresca, es la que los hace compatibles en este corazón común que es heredero de una transición en los trasplantes. Nos hemos reinventado tantas veces, y nos hemos limpiado las arterias con tanta profusión de medios técnicos, propósitos vitales, que la casa funciona, es una casa, es un cuerpo escéptico y cuajado que puede convivir con sus arritmias, sus fiebres, sus jaquecas.

Sin embargo, algo muy distinto de todos los achaques anteriores, de la angina de pecho de unas elecciones de tumulto o de una oposición de turbamulta, es una agresión en toda regla no contra una facción, o un interés, partidario y legal, sino contra la esencia misma del sistema. Entonces, cuando lo que se ataca es el sistema, esa médula ósea de la vida, no se puede alegar esa misma anchura medular que es la quintaesencia del Estado, esa amplitud vista a lo distinto, al derecho legítimo al rotundo disenso, con la excusa de que la democracia, en su poética, tiene como fin el amparo plural a lo diverso. Entonces, cuando lo que se ataca es el sistema, protegido este ataque por uno de los derechos fundamentales, nervio mineral, visión primera, como es la libertad de expresión y el derecho de manifestación, precisamente para sabotear la naturaleza misma del sistema, para dinamitarlo desde dentro, para quebrar sus cimientos que pueden ser, quizá, vulnerables, sensibles desde dentro, es cuando la democracia debería responder con la mayor intransigencia, de forma despiadada y eficaz; pero es entonces, también, cuando la democracia, históricamente, siempre se ha mostrado con tibieza.

Lo opuesto a la democracia es el fascismo. Su hueso se diferencia de la osamenta democrática, especialmente, en la manera de llevarse a cabo: mientras que la virtud mayor en democracia es el valor de ley de la palabra, esa disposición hacia el diálogo como única manera de entenderse, en el fascismo la violencia es el único modo de entenderse: no se busca el encuentro, sino una imposición. Es por esto que la estética fascista es esencialmente violenta, y es por esto que esta estética jamás debe ampararse, para justificarse, en los derechos que la Constitución ofrece. Una democracia fuerte, segura de sí misma y sin complejos, sabrá distinguir entre el derecho de manifestación y su derecho propio de defensa ante una procesión de bárbaros lanzados contra ella con el marchamo de la legalidad: porque el fascismo, en democracia, no puede ser legal.

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