el poliedro

José / Ignacio Rufino

Así dentro como fuera del hogar

Según un estudio de la Casa Blanca, los hombres sufren cinco veces más conflicto que las mujeres por la conciliación

HACE pocas semanas, Javier Marías publicaba una columna (Las mujeres son más jóvenes) en la que defendía de forma convincente que las mujeres son más risueñas y dulces que los hombres, y llegaba a afirmar que -con honrosas excepciones-, son mejores viudas que viudos somos los hombres: "Cada vez que veo a matrimonios de cierta edad, pienso que más valdrá que muera antes el marido, porque conozco a bastantes viudos desolados y que no levantan cabeza nunca, que se apean del mundo y se descuidan y abotargan, que pierden la curiosidad y las ganas de seguir aprendiendo, que se convierten sólo en eso, en "pobres viudos" desganados y desconcertados". Que los hombres somos más quejicas que las mujeres es -siempre en general, permítanme no volverlo a decir- verdad. Un hombre griposo es un cuarto de hombre, y malhumorado; a la mayoría de las mujeres no la anulan unas décimas de fiebre. Podría argüirse ante esta afirmación que, a la hora de cazar -véase, trabajar para traer el pan a la casa-, somos más eficaces los varones, y que la condición masculina abunda más en los segmentos más brillantes de los estudiantes (según algunas investigaciones, esto es cierto, como también lo es que los peores de la clase también suelen ser hombres… pero no nos adentremos en huertos embarrados). También es cierto que en España, para un mismo trabajo y salvo en la denostada burocracia pública, los hombres están mejor pagados que las mujeres. Pero aun así son más quejicas. Los son también quienes más comparten las tareas domésticas y familiares.

Cada vez más padres asumen tareas en el hogar, lo cual es tan cierto como que soportan peor que las mujeres la presión que esto supone para la vida laboral. Esto al menos sucede en Estados Unidos, y uno se atreve a proponer que aquí se da otro tanto. Según el llamado Informe Económico del Presidente, emitido hace una semana por la Casa Blanca, en las parejas de dos trabajadores fuera del hogar los varones sufren más conflicto a la hora de compatibilizar el papel de padre-amo de casa y el de trabajador (las cositas que se le ocurre estudiar a la gente de Obama…). Quizá esto se deba en buena parte a una inercia cultural asumida desde pequeños, es decir, a una disonancia entre lo que experimentamos en nuestras casas de niños y lo que, con el paso de los años, se espera de nosotros una vez que no vivimos con nuestra mami y debemos apechugar -son datos del estudio- con unas obligaciones domésticas que más que duplican a las de los hombres de los años 60. Sea esta hipótesis educativa plausible o no, hay datos de lo más jugoso sobre el asunto.

Según el estudio en cuestión, desde 1977 hasta 2008 ellas mostraron un incremento de estos conflictos trabajo-hogar (evito aquí describir la variable y cómo se mide) de seis puntos. Ellos, cinco veces más, y hablamos sólo de quienes hacían cosas en casa, más allá de aquello que les apetecía. O sea, tanto ellas como ellos sufren cada vez más conflicto por la dualidad trabajo dentro-trabajo fuera. Pero los hombres más, y de manera abrumadora. Como si estuviéramos menos preparados que ellas para llevar dos carros a la vez. O como si la mujer se hubiera incardinado en el medio laboral de manera más gozosa que nosotros en la parte obligada del hogar, dulce hogar. Hay que tener en cuenta que, en el estudio, la palabra "conflicto" no sólo se refiere a bajas laborales y otras situaciones objetivas, sino a sentimientos: los hombres mostraban un mayor sentimiento de culpa ante sus incompetencias, incumplimientos o, sencillamente, los reproches. Y más curioso todavía: no son los reproches del jefe los que más daño hacen: son los de la jefa, la pareja. O, sencillamente, es que somos más quejicas y, bien mirado, más débiles.

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