Desde mi córner

Luis Carlos Peris

El derbi, cada día más desigual

Cada curso que pasa, el bético ve lo de ganarle al Sevilla como un sueño que parece imposible de realizar

CANTATORE fue el último entrenador que llevó al Sevilla a ganar los dos derbis de la temporada y ese testigo que duró diecisiete años lo ha tomado Manolo Jiménez con una fuerza que debiera ser determinante para un margen de confianza mayor del que recibe. El derbi nos deja una sensación clarísima, la de que el equipo del Sevilla está del que viste de verdiblanco a la misma distancia que el club de Nervión está del que habita en Heliópolis; en Heliópolis o en Jabugo, que tampoco está tan claro dónde se encuentra el domicilio auténtico del Betis, afortunadamente todavía Real Betis Balompié.

También afortunadamente para el Betis, el derbi le llegó sin la carga dramática que se le presumía desde hace meses y lo único que le pasó, que no es poco, fue perderlo. Sólo perdió el derbi, algo que para este Betis ya es como para darse con un canto en los dientes. Y la verdad es que cuesta explicarse cómo un equipo con el respaldo que tiene, con ese semiestadio tan grande repleto de gente que no escatima ni un segundo de su vida para el apoyo a lo que tanto quiere, está tan distanciado de su rival de toda la vida. Cuesta explicarse por qué esas cosas pasan, pero lo cierto es que la distancia entre este Sevilla y este Betis no anuncia un triunfo bético para mucho tiempo.

Puede argüirse que si el Betis le gana a Madrid y Barça, ¿por qué no puede ganarle alguna vez al Sevilla sin que esté Serra? Y la explicación, creo, es bien sencilla. Tanto Madrid como Barça saltan a la yerba heliopolitana a jugar un partido más de la competición y en un partido más siempre cabe que David pueda con Goliath. El factor sorpresa influye una barbaridad en un juego con tanta carga azarosa como tiene el fútbol. No es el caso del derbi, al que el Sevilla acude con el cuchillo en la boca y la concentración de un fundamentalista, con lo que la sorpresa es raro que se dé. Es demasiada la distancia entre ambos para que el bético pueda ni soñar con una victoria.

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