Desde mi córner

Luis Carlos Peris

Un derbi no sólo adobado por el cainismo

TIEMPO hacía que no se presenciaba algo así, mucho tiempo. El derbi que se anuncia para mañana a las muy intempestivas diez de la noche en Heliópolis está rodeado de tanta expectación que hay que remontarse a la noche de los tiempos para recordar algo parecido. Viene a la memoria aquella final de Ciudad de Sevilla del debut de Bertoni, en que hasta hubo que acomodar gente en la pista de albero que rodeaba el campo de juego.

Se dan unos ingredientes que rara vez se han dado en la historia del derbi sevillano. Están los ingredientes habituales de uno que quiere sacarse una espina frente a otro que pretende, nada más y nada menos, arreglar una campaña llena de errores. Esos son los ingredientes localistas que suelen sazonar el sabroso guiso del partido entre eternos rivales, pero es que en esta ocasión entran en liza otros condimentos de más altura, de bastante más altura.

Por una parte, esa cercanía europea que vive el Betis; por otro, la posibilidad que atisba el Sevilla de volver al concierto continental siempre y cuando sea capaz de ganarle al eterno en su campo. Europa en el horizonte y, claro, la expectación se ha disparado de tal manera que bien podría el considerable aforo del Villamarín ser insuficiente para acceder a tanta demanda de localidades. Y es que sólo hay que ver el trasiego en taquillas para prever un reventón para el recuerdo.

Es más, ni siquiera la programación que la televisión ha tenido a mal disponer. El viernes por la noche es la de la cita tácita con los amigos de siempre para esas cenas de matrimonios que se erigen en víctima principal del fútbol televisado. Pero las cosas son como son y con todo esto sólo se demuestra la vitalidad de un espectáculo que parece contar con un batallón de enemigos que, por mucho que quieran, ni pueden ni jamás podrán doblegarlo, que fútbol es fútbol, Boskov dixit.

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