la tribuna

Rafael Rodríguez Prieto

Dos derechas

LOS aplausos de los diputados del PP a los recortes del Gobierno han sido muy criticados en las redes sociales. Incluso alguna diputada parece haber subrayado esa traca laudatoria con una grosera y malsonante expresión referida a millones de ciudadanos en situación crítica. A la ciudadanía les ha sorprendido una actitud así. Probablemente algunos de los que han afeado a los diputados su actitud fueran votantes del PP. ¿Por qué han hecho algo así? ¿A qué obedece?

Mi interpretación es que se trata de la materialización de un cambio en la derecha española. Este retoque ideológico se está operando desde hace tiempo, pero en ocasiones como las de hace unos días podemos observarlo con claridad. Esta mudanza responde a la creciente influencia del neocontractualismo estadounidense en la derecha española. Diversos think tanks (centros de pensamiento) como FAES, Fundación Everis o el Instituto Juan de Mariana, con estrechos lazos con sus equivalentes estadounidenses, están produciendo un interesante fenómeno de asimilación de la derecha española a los postulados neoliberales -en lo económico- y neoconservadores -en lo sociopolítico- a la del otro lado del Atlántico.

Robert Nozick fue uno de principales adalides de esta ideología. Nozick fue profesor en Harvard y mantuvo fuertes polémicas con otro autor muy popular entre los social liberales españoles, John Rawls, al que acusaba de erosionar la libertad individual al contemplar en su pensamiento cierta justicia distributiva. Nozick defendía un Estado mínimo que salvaguardara el más alto grado de libertad para los individuos y la propiedad. Su anarquismo capitalista o libertarismo se sustentaba en la defensa de una sociedad en la que los gobiernos asumieran simplemente funciones de orden público, como mal menor. En su libro Anarquía, Estado y Utopía (1974, publicado en español en 1988), consideraba como confiscatoria cualquier carga impositiva que no se hiciera para mantener la defensa del orden público y de la propiedad.

Nozick consideraba la redistribución de los recursos y los servicios sociales públicos como un ataque a la libertad individual. Si un ciudadano no pudiera pagar su sanidad o afrontar la educación de sus hijos el único culpable sería él mismo. Nozick mantiene una dureza de clara raigambre teológica con aquellos que carecen de medios. La explicación es siempre que no se han esforzado lo suficiente, que han sido unos vagos que no han trabajado duro y aprovechado las oportunidades. El Estado no debe salvarlos. Los derechos sociales son un ataque a la libertad. Esta visión social atomizada entronca perfectamente con la sociedad de propietarios thatcheriana y el auge neoliberal de los ochenta, iniciada años antes con la llegada de economistas de la Escuela de Chicago a puestos dirigentes de la dictadura pinochetista en Chile.

La recepción en España de esta visión ha llevado su tiempo. La derecha española ha estado tradicionalmente muy influida por el catolicismo. La base teológica hispana se parece poco a la anarcocapitalista, por lo que el proceso ha necesitado de tiempo y dólares. No es extraño que la influencia de los thinks tanks de derecha sea cada vez mayor en la conformación del programa político. Esta influencia no ha sido del todo negativa. El furibundo antisemitismo de la derecha española ha sido corregido en gran medida gracias a la influencia de los nuevos centros de pensamiento formados a imagen y semejanza de sus socios estadounidenses.

El problema para la derecha española es que en España no se entiende nada bien la falta de caridad al que sufre o lo pasa mal. La actitud de la derecha estadounidense con las víctimas del Katrina en EEUU hubiera sido impensable en España. Los desposeídos, en su mayoría negros, que padecieron los horrores de la falta de inversión pública, fueron además culpados de su propio infortunio. Si hubiesen trabajado lo suficiente, se habrían salvado. No tendrían que estar en albergues hacinados o muertos. Con ello la culpa se desplaza hacia la víctima y la mano invisible del mercado triunfa en una sociedad excelente donde todo está en orden.

En España ese tipo de consideraciones no son populares. En parte por nuestra propia historia y cultura y, por qué no decirlo, por una herencia católica que en sus diversas manifestaciones o enfoques políticos -de izquierda a derecha- entiende muy mal este tipo de consideraciones. No podemos soslayar la procedencia de parte de los principales teólogos de la liberación. Una cosa es que como derecha se esté en desacuerdo con la justicia social; pero despreciar la caridad pudiera ser difícilmente comprendido por su electorado potencial.

No faltarán los que aplaudan este cambio y apuesten por una derecha española que asuma esta visión radicalmente individualista y calculadora del ser humano. Habría que explicarles que, como señala el antropólogo Marshall Sahlins, el individuo calculador, objeto del pensamiento económico y político moderno, es relativo e histórico; sus intereses son un producto social. Me temo que tanta utopía anarcocapitalista pueda terminar en sobredosis de idealismo o enajenación de la realidad. Como prefieran.

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