La tribuna

Ana Laura Cabezuelo Arenas

El derecho a ser dejado en paz

DEMASIADO se habla en estos días de esa especie de censura que ha demandado infructuosamente Telma Ortiz para quedar a salvo del acoso de la prensa rosa.

Convendría tener claro, pese a la terminología deficiente que, en ocasiones, se advierte en algunas decisiones judiciales, qué es un personaje público y qué es un personaje simplemente notorio, y cuál es el precio que se ha de pagar en ambos casos.

Personaje público, en puridad, es aquel que ejerce o pretende ejercer un cargo público, ostentando parcelas de poder. La sociedad estará, en suma, interesada, en conocer si el político que se desvive haciendo promesas para captar votos practica en privado las virtudes que habrá de prodigar en público, o si simplemente condena el aborto mientras manda a su hija a Londres si las cosas no salieron bien, o aboga por el respeto a los derechos humanos mientras contrata como empleada doméstica a una boliviana a la que no da de alta en la Seguridad Social.

Nos interesa, en suma, conocer ciertos contrastes que afectan a quienes habrán de regir nuestros destinos, y que pasan ineludiblemente por dejar al descubierto su intimidad. La opinión pública ha de conocer ciertos detalles íntimos de los que son o aspiran a ser sus gobernantes, pues quien no es honesto en lo poco difícilmente habrá de serlo en lo mucho. Propiciaremos, así, que el pueblo pueda deshacerse de corruptos u oportunistas que no buscan servirlo, sino valerse de él para sus propios fines.

El personaje notorio, sin embargo, se sitúa en una esfera distinta. Es, simplemente, el que ha salido del anonimato por causas que pueden ser absolutamente peregrinas, desde ser la víctima de un secuestro, hasta mantener una relación sentimental con un torero o con un cantante o, como en el caso que nos ocupa, ser la hermana de quien contrajo matrimonio con un príncipe.

De la circunstancia de gozar de fama no puede extraerse la conclusión de que una persona haya de convertirse en el constante objetivo de la prensa, y ser sometida, de este modo, a incursiones de todo tipo en su vida privada o íntima. Mas algunos optaron por el mutismo absoluto a la hora de traspasar la frontera de su intimidad. Ejercitaron, como dicen los anglosajones, "el derecho a ser dejados en paz". ¿Conoce alguien a los hijos de José Luis Perales?

De eso derivó que ciertos profesionales del periodismo se aferraran para justificarse a la circunstancia de que algunos personajes asiduos de las revistas del corazón habían percibido en otras ocasiones beneficios económicos de la explotación económica de su imagen o intimidad.

Se diría, según ellos, que no está legitimado para acudir a los tribunales en defensa de su intimidad quien ayer publica sus memorias en un semanario y hoy se escandaliza porque trasciendan ciertos detalles de su vida íntima. La sentencia del Tribunal Constitucional 115/2000 de 5 de mayo (caso Isabel Preysler) ha vuelto a insistir sobre el particular, rebatiendo este argumento, cuando se afirma que "si bien los personajes con notoriedad pública inevitablemente ven reducida su esfera de intimidad, no es menos cierto que, más allá de esa esfera abierta al conocimiento de los demás, su intimidad permanece y, por tanto, el derecho constitucional que la protege no se ve minorado en el ámbito que el sujeto se ha reservado y su eficacia como límite al derecho de información es igual a la de quien carece de toda notoriedad (STC 134/1999, F.7, por todas). De otro lado, que "no toda información que se refiere a una persona con notoriedad pública goza de esa especial protección, sino que para ello es exigible, junto a ese elemento subjetivo del carácter público de la persona afectada, el elemento objetivo de que los hechos constitutivos de la información, por su relevancia pública, no afecten a la intimidad, por restringida que ésta sea" (STC 197/1991, F. 4)".

En efecto, uno tiene derecho a que su pasado quede sepultado en el olvido si ha variado el curso de su existencia. También a vender la primera boda y a negarse a hacer lo propio con la segunda o a no ser acosada por ello sin tregua durante el resto de sus días. A ser pariente de un famoso y querer vivir al margen, sin aprovecharse de la situación, ni ser molestado en modo alguno. Pero no pretenderemos estar bebiendo la miel de la fama y simultáneamente no soportar la hiel. Uno puede ser José Luis Perales, famoso y discreto: dueño de sus triunfos y señor de su intimidad. Pero no puede estar, a un tiempo, en misa y repicando: fomentando, algunos, escándalos, otros obteniendo beneficios y, a un tiempo, siendo esquivos con las cámaras. Vea cada cual en qué patrón encaja cada famoso en nuestro país.

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