Editorial

La desafección de los andaluces

LA sospecha de que los partidos políticos andaluces se preocupan más por sus intereses que por el interés general de los ciudadanos se ha convertido en una convicción para nueve de cada diez andaluces. El desapego no se limita ya a los partidos, sus líderes y las instituciones, sino que comienza a referirse de modo creciente al propio sistema democrático. No se cuestiona el sistema mismo, sus valores y principios, pero sí su funcionamiento, que adolece de falta de calidad. Se tiene la impresión de que la gravedad y profundidad de los problemas de Andalucía no son correspondidas por un trabajo acorde desde las instancias públicas. Los andaluces sufren el azote del desempleo como nadie, arrastran un sistema educativo fracasado, reviven el fenómeno emigratorio del pasado y ven cómo se empobrecen sus vidas al padecer recortes sanitarios, educativos y sociales que les afectan más que a otras comunidades a causa del bajo nivel del que partían. Sin embargo, contemplan la pasividad y la endogamia de un Parlamento en el que se suceden discursos y debates sin efectos prácticos en la realidad cotidiana de la gente. El Gobierno bipartito de PSOE e Izquierda Unida gasta buena parte de su tiempo y de sus energías en denunciar las políticas del Gobierno de la nación y hacer de oposición al mismo, una tarea que corresponde a los representantes en el Congreso de los Diputados, mientras que su gestión cotidiana es pobre y desapercibida: en el último Consejo de Gobierno la iniciativa estrella, casi la única, fue un plan para fomentar el uso de la bicicleta. Con respecto a la oposición andaluza, carente de liderazgo y proyecto, se puede decir tres cuartos de lo mismo: se dedica a criticar todo lo que hace el Gobierno andaluz y a defender la gestión de Rajoy y sus ministros. Con estos líderes políticos no vamos a ninguna parte, tal es la conclusión a la que están llegando los andaluces y comienzan a reflejar las encuestas. Tienen que cambiar. Más pronto que tarde.

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