Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

El descontrol de los políticos

LA crónica política oscila entre los conflictos de liderazgo y la corrupción. Dos constantes que aparecen ante la opinión pública como males endémicos y dan argumento a las quejas de la calle. Los políticos pasan por ser ese castigo que nos ha tocado en desgracia. Una generalización injusta y demoledora, pero no exenta de razones.

Los políticos de cada signo se emplean en señalar culpables de casi todo a sus rivales, pero no apuntan a las raíces de la culpa, porque temen a los cadáveres en el armario propio. Se señala a los corruptos, pero no se atajan las causas de la corrupción. ¿Es imposible un blindaje democrático que haga más difícil el divorcio entre los intereses de la clase política y los generales del país? ¿Imposible la labor preventiva de alejar a los miserables de la vida pública?

En los partidos, la práctica habitual no suele corresponderse con la ideología y los objetivos programáticos, sino con el fortalecimiento de expresiones de poder personal, territorial o de intereses ajenos al bien general y, en definitiva, al sentido último de la política.

El deterioro en la percepción popular de los políticos es patente. Durante los primeros años de la democracia, se conoció una generación que dio muestras de convicción, dedicación y solvencia. Primaba el interés por hacer efectivas las libertades públicas y dar sostenibilidad al Estado de derecho. Una actitud que contrasta con el descontrol actual en distintos ámbitos de la política, que mina aquellas conquistas históricas.

Cuando en la mayoría de las actividades públicas y privadas crecen las exigencias de productividad, excelencia y cualificación, sorprende el pobre expediente medio de nuestros políticos. En el sistema universitario, por ejemplo, las mejoras se deben a la continua verificación de la actividad científica y docente. Para puestos de menor relevancia, las elevadas exigencias buscan garantizar la mejora de las estructuras productivas. Sin embargo, para las tareas de responsabilidad política, vale cualquiera. Sería necesario, por ello, evaluar en origen, en los partidos, la calidad -al menos ética- de los candidatos a la escena pública. Se evitarían así muchos de los amargos descubrimientos de conseguidores, chantajistas, malversadores, comisionistas y rateros.

Cualificación y transparencia. La falta de transparencia constituye, seguramente, el mayor déficit de nuestra democracia. La opacidad es la sombra que cubre a los delincuentes incrustados en la vida pública y ampara la cultura de la corrupción. Cualificación y transparencia, pilares para un pacto de Estado que rescate la política de una crisis que estos días nos entretiene con nuevas miserias, ajena a las preocupaciones reales de la sociedad.

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