desde el fénix

José Ramón Del Río

El desfile

SE acaba de celebrar en Málaga el Día de las Fuerzas Armadas con asistencia de 50.000 personas. La celebración ha sido resonante y no porque la ministra de Defensa acabara de anunciar su renuncia a competir en las elecciones primarias del PSOE, ni tampoco porque algunos periódicos hayan apreciado una desmejora en el aspecto físico de S.M. el Rey, y no sólo por la barba que le avejenta, sino por sus andares, cansinos y torpes, inmediatamente desmentida por él, bajo la amenaza de bajarse los pantalones. La resonancia que ha tenido la celebración ha sido porque se suprimió el habitual desfile de las tropas que pone colofón al acto de homenaje a la bandera. Los asistentes que habían soportado muchas horas, de pie, el fuerte calor, aplaudiendo a rabiar, lo que no soportaron fue que al final no hubiera desfile de la tropa, por lo que abuchearon a las autoridades, con gritos de ¡fuera, fuera!, e incluso, algunos, lanzaron naranjas y botellas a los autobuses que se llevaban a los invitados.

Salvo en lo el lanzamiento de objetos, no me puedo sentir más que plenamente identificado con los manifestantes. Si usted recuerda su niñez ¿había algo que le causara más emoción, que un desfile militar? Los cabos gastadores, elegidos entre los más altos de un ejército español de los años 40 o 50, que, como el FC Barcelona de ahora, era una reunión de bajitos, con sus cascos bruñidos, llevando al hombro el fusil con la bayoneta calada y a la espalda el pico la pala y el serrucho, braceando con los puños blancos acharolados y realizando sus cruces en las esquinas, como arabescos imprevisibles, eran la avanzadilla de un espectáculo maravilloso. Después la bandera y luego la tropa, y la banda. El desfile olía a la grasa de los mosquetones y al betún de las botas. Como éramos niños, no hacía que -como ocurriría ahora- se nos saltaran las lágrimas, sino que sentíamos escalofríos, con la piel erizada y el deseo ferviente de poder, algún día, formar parte del desfile.

Parece que ha sido por razones presupuestarias por las que se ha suprimido el desfile. Espero que sea por esto y no porque el Ministerio de Defensa sienta vergüenza de mostrar el Ejército español. Pero me pregunto que, si lo que hace nuestro ejército es, como nos dicen, realizar acciones humanitarias y no de guerra y aquello lo harían mejor la Cruz Roja y otras organizaciones similares, porqué no se suprime el Ministerio de Defensa, con lo que se ahorraría mucho más, dejando tan sólo una partida presupuestaria para costear uniformes, armas, bandas y personal y poder, todos los años, celebrar un desfile, para que puedan asistir nuestros hijos y nietos y así enseñarles a amar a su patria.

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