la tribuna

Francis López Guerrero

¿Cuál es nuestro destino?

NUESTROS destinos nacen en la serranía complaciente de la niñez, continúan y se prolongan por el valle laxo de la juventud y desembocan en la edad adulta formando un amplio delta de expectativas irresueltas. Parece una alegoría dantesca, pero es alegorismo español a la manriqueña de esos ríos que fluyen fuera de cauce, que es el morir social y laboral: exclusión y desempleo, en román paladino. Hasta un riachuelo tiene como horizonte el mar, aunque sea para diluirse anónimo en la inmensidad. Otra vez alegorismo austero a la castellana, que preconiza didáctico con qué fin devienen los destinos desde la terrible pequeñez.

Antes los niños eran niños de la guerra, niños del hambre, niños de la polio, niños del exilio. En definitiva, eran niños de la resta, que partiendo de ahí tenían que buscar la suma vital y conseguir un destino. Ahora tenemos niños LODE, niños LOE, niños LEA, niños windows, niños adidas, niños internet, niños MP3, niñas MP4, que también las hay y se me enfadan los coeducadores. Niños competencias. Sí, competencias básicas, el último grito de moda docente importado directamente de la Unión Europea. Las competencias básicas hacen furor en un país que parió en la marginalidad a la Institución Libre de Enseñanza, que ya trabajaba las competencias integradoras con discreción y en clave elitista y de meritocracia.

En ocasiones la pedagogía y la ignorancia no tienen compartimentos estancos, sobre todo, cuando el tiempo, el ostracismo, la presunción y el adanismo han realizado un eficiente trabajo erosivo. Del resto se encargan la sinfónica retórica y la publicidad del poder. Los niños Logse me apuntan que ya han prescrito, se murieron de éxito pedagógico y están enterrados en el cementerio ilustre de las ideas, bien amortajaditos en sus dossiers y su buenismo. Cada mañana depositan en sus tumbas flores frescas de hastío niños de carne y hueso, que son condición humana en ciernes.

En definitiva, tenemos niños de todo, niños de la suma y suma, de la suma y sigue, niños multiplicados al infinito tecnológico. Niños que viven y se desviven en continua comunicación y transfusión electrónicas. La cotidianidad se divide en amaneceres, atardeceres, anocheceres y se sintetiza toda ella en sacra cibernética. Se apela a un niño integral, reticular, asertivo, expansivo. Pero el exceso de síes y expansión obliga a determinados padres, incluso, a contratar a detectives que sigan a sus hijos a ver qué hacen. El síndrome de la sospecha salpica a toda la ciudadanía porque es la sospecha en sí misma del pudrimiento de nuestros referentes. Apelan silentes y clandestinos a la retractilidad y racionalidad de los usos y costumbres. Son conscientes, en privado, de la decadencia y deriva de ese mundo heredado de libertades individuales, que todos soñamos no para autodestruirnos y que, cada vez más, late maniatado a las máquinas y la alienación.

Somos libres, pero frente al escaparate y la pantalla nos gustamos como esclavos. Nos da seguridad y certeza el destello y el limo nos desconcierta. La libertad es un ejercicio de responsabilidad que lo dejamos para mañana y que lo hagan los otros. La amplificatio del bienestar no debe ser perturbada en ningún detalle, para eso nos la subvenciona Papá Estado a través de una democracia que tiene más de putativa que de participativa. Con más pulsiones que pulso ético. Montesquieu en su momento, cuando se gestaba nuestra contemporaneidad, afirmó que más Estados habían perecido por la depravación de las costumbres que por la violación de las leyes.

Los hombres de la Institución Libre de Enseñanza a contrapelo pusieron en escena libros, vida, dignidad, compromiso, sensibilidad; un método de aprendizaje activo y la coeducación. La globalización enseñante. O sea, fueron muy modernos antes de que llegaran los modernísimos, que es lo mismo pero no es lo mismo y además es distinto. La dialéctica histórica es un galimatías por culpa de la arrogancia y el adanismo.

Niño digitales y accesorios, niños totales con el resultado dado, adolescentes globales prefabricados por los adultos. Niños aditivos confortados en la desidia. Superniños de la suma múltiple a los que, paradójicamente, les van restando y restando para ubicarlos en un mini destino vital con ADSL, alcohol y drogas. Niños escabrosos. Niños asiglados, aligerados, acortados, que tienen que soportar el peso de los alfabetos y códigos humanos.

Creo en lo humano y a veces en lo demasiado humano. Entiendo la educación-formación del niño como base para forjar un carácter verdaderamente humano. Entiendo que la pedagogía debe partir de un humanismo cívico y alcanzar el destino de un humanismo cívico. Me apuntan que esto ya lo practicaban en la antigua Grecia: la paideia. Otra vez, la pretenciosidad y el adanismo.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios