La tribuna

eduardo Moyano Estrada

La deuda griega es una cuestión política

TRAS cinco meses de infructuosas negociaciones en el ámbito del Eurogrupo, y después de la victoria del no en el referéndum griego, da la impresión de que se está en la situación de partida. Como si la enorme piedra (deuda griega) que Sísifo intentara subir a la cima de la montaña, se le hubiera despeñado una vez más.

Sin embargo, creo que la situación es hoy bien distinta. El resultado del referéndum (jugada arriesgada de Tsipras para evitar la ruptura de su partido) cambia muchas cosas. La más importante es que sitúa el problema griego en el centro de la agenda política europea. Son ahora los jefes de Estado y de Gobierno reunidos en el Consejo los que tienen la palabra, y ya no serán criterios económicos los que se pongan sobre la mesa, sino factores políticos, o más bien geopolíticos.

Hasta ahora, los factores económicos, encarnados en el Eurogrupo, han tenido un protagonismo excesivo, en un juego de tira y afloja donde los ministros griego y alemán de Finanzas han sido las estrellas rutilantes, pero con resultados bastante desalentadores. A ello ha contribuido la extraña presencia del FMI (acreedor, pero no perteneciente a la UE) en una negociación que tendría que haberse limitado al Eurogrupo y al BCE. No he entendido bien qué hace el FMI en todo esto, cuando la misión del Fondo ha estado siempre dirigida a facilitar la estabilidad financiera de los países en desarrollo.

Desde hoy, los factores económicos, aun siendo importantes, pasarán a un segundo plano, a la categoría de problemas técnicos, para que el tratamiento del tema griego se haga con argumentos políticos en otra instancia de negociación. ¿Y cuáles son esos argumentos políticos? Pues que, como ha señalado con lucidez el primer ministro francés Manuel Valls, la situación geopolítica de Grecia hace poco recomendable su salida del euro, ya que ello implicaría su probable salida de la UE poniendo en riesgo su alianza con Occidente.

Ahora la importancia geopolítica de Grecia aumenta por varios factores. El primero es la escalada de tensión entre Occidente y la Rusia de Putin por el tema de Ucrania, que no hace recomendable que Grecia caiga en manos de la influencia rusa. El segundo factor es la situación de inestabilidad que viven los Balcanes, con los temas de Kosovo y Bosnia aún candentes. El tercer factor es la histórica tensión greco-turca, que sólo se mantiene controlada en tanto que Grecia permanezca en la UE y la OTAN. Finalmente, la posición geográfica de Grecia la hace muy sensible al avance que experimenta el Estado Islámico hacia el oeste por Iraq y Siria, ya que lo sitúa a pocos cientos de kilómetros de las islas griegas más orientales. Imaginemos el riesgo de una Grecia fuera de la órbita occidental, sometida a las tensiones de un Mediterráneo afectado además por la inestabilidad de Libia.

Todo ese conjunto de factores hace que el anclaje de Grecia en Occidente sea una necesidad geopolítica de primera magnitud, y eso hace no recomendable su salida de la UE. Por eso, el tema griego trasciende el ámbito económico y se sitúa en el centro de la agenda política. La hora del protagonismo del Eurogrupo y del FMI ha pasado. Ahora le toca situarse en un segundo plano, y ser el Consejo de jefes de Estado y de Gobierno el que tome las riendas de una negociación en la que no puede permitirse que un asunto económico menor (como es la deuda griega) ponga en peligro la estabilidad política del flanco sur de la UE.

Resolver el tema de la deuda griega es una cuestión política, y el modo de resolverlo una cuestión técnica (las propuestas que se manejan son muy similares). Esto debe quedar claro y ser explicado por los dirigentes políticos a sus ciudadanos. Mantener a Grecia en el euro es positivo, pero tiene un coste que debemos afrontar todos los europeos. No es cuestión de acusarse unos a otros, ya que la responsabilidad del caos económico griego no es sólo de Grecia, sino que debe ser compartida por otros actores. Los políticos griegos son responsables de ello, pero no es menor la responsabilidad de los políticos de la UE cuando admitieron a Grecia en el euro a sabiendas de que no estaba preparada; ni tampoco menor la de los bancos europeos ofreciendo crédito fácil y barato a la población helena hasta endeudarla hasta límites inadmisibles. Es la hora de mirar al futuro con políticas europeas de altura, y es la hora de demostrar que tenemos gobernantes preparados para ello, y no dirigentes de vuelo bajo, preocupados solamente por la reacción de la opinión pública en sus respectivos países.

Más allá de ser una cuestión política, la resolución del problema griego es, además, necesaria para que la UE pueda seguir avanzando hacia una real Unión Económica y Monetaria más sólida y eficaz. Para Grecia, y para el Gobierno Syriza, puede ser la ocasión de afrontar las reformas estructurales que prometían en su programa, pero que sólo con la presión externa de la UE estarán en condiciones de cumplir.

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