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rafael / sánchez Saus

El día después

LA Historia es así. Pasados los años nuestros hijos o nietos nos preguntarán cómo ese día, que luego se supo decisivo, pudimos apurar tranquilamente uno de los últimos paseos por la playa, irnos al fútbol o a comer un arroz con la familia. Y cómo no sentimos vértigo ante lo desconocido ni angustia por lo que se perdía. Y no sabremos qué decir, excepto que no había nada mejor que hacer, puesto que todo lo que podía y debía haberse hecho en su momento, nadie quiso ni fue capaz de hacerlo. Y que tal vez, de todos modos, hubiera sido inútil.

Este fin de semana será malo, pésimo para España ocurra lo que ocurra en Cataluña, pero lo peor en realidad ha ocurrido ya: la herida que nos hemos infligido va a tardar muchos años en sanar y el daño a la nación, a su quebradiza moral y a sus vacilantes instituciones, es ya decisivo. Para llegar hasta aquí ha hecho falta tal constelación de ineptos y de traidores, tanta dejación, cobardía e irresponsabilidad que no es extraño que, ahora sí, seamos el asombro del mundo por este episodio que, pasado el tiempo, nos parecerá tan inexplicable y ridículo como la fiebre cantonal y tan desastroso como los tiempos rotos de Enrique IV.

Cómo terminará todo esto, nadie puede saberlo, pero sí sé que se engañan los que creen que las cosas van a poder seguir siendo las mismas con un poco más de cosmético, con una reformita constitucional, con algunos trucos contables y el entierro definitivo de la perdida e incómoda dignidad. Preparémonos para nuevas amarguras, nuevas afrentas, permanentes exigencias e intolerable ausencia de respuesta proporcionada hasta el previsible final. Y lo peor, la terrible mediocridad de esta hora: España no va a ser deshecha por un Luis XIV, un Napoleón o un Stalin, sino por una cuadrilla de señoritos provincianos, de pequeños burgueses y prófugos de la tiza o del andamio que se han encontrado, para su propia sorpresa, con una nación que ha renunciado del todo a su ser y a su historia, aculada en las tablas, pidiendo el descabello.

Este sábado a mediodía, en la Plaza Nueva de Sevilla, unas beneméritas asociaciones cívicas y vecinales han convocado un acto para mostrar su amor a la esquiva Cataluña y reivindicar su españolidad. No sé de ninguna otra iniciativa semejante en parte alguna. Ciertamente, Cataluña está muy enferma, pero no nos engañemos: la que está muerta es España.

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