Ventana de la memoria

Juan Alberto / Fernández / Bañuls

El día de tu santo

EL año que la conocimos, Pepi venía todos los días a Sevilla desde La Algaba para trabajar en mi casa. Por la mañana, muy temprano, cogía el autobús en el pueblo, cerca de su casa, y se bajaba junto a las verjas del antiguo Hospital de las Cinco Llagas, cruzaba el paso de peatones del Arco de la Macarena y enfilaba San Luis abajo para llegar a la zona de la Alfalfa por donde entonces vivíamos. Pero, antes, entraba un momento en la Basílica a darle los buenos días a la Virgen de la Esperanza. Por la tarde, cuando regresaba, terminada la jornada, hacía lo mismo: entraba en el templo, se despedía de la Macarena, y regresaba a La Algaba con su marido y sus hijos.

Pepi había nacido en los callejones, en esa breve retícula urbana que es el barrio verdadero y donde la Macarena es una más entre todos y, al mismo tiempo, la mejor de todos. Allí creció en medio de la limpia pobreza de un corral de vecinos, allí se hizo mujer a la sombra de sus sueños de mocita macarena y de allí salió para casarse e irse a vivir al exilio de sí misma y del barrio que conformó lo mejor de su vida. Una historia, en fin, como tantas otras de esta ciudad que ha ido destruyendo de manera desgarradora su mejor patrimonio: el solar de sus habitantes y, de paso, su memoria ciudadana.

Desde que se fue a vivir a La Algaba, todos los Jueves Santos, a la caída de la tarde, primero sola y después con sus hijos, se venía para Sevilla con algunas cosillas de comer y unas sillitas de playa, se apostaba en el otero de los Altos Colegios y aguardaba a pie firme la llegada del milagro. Cuando la Cruz de Guía doblaba la esquina de la calle de la Feria, Pepi ya sólo tenía ojos, corazón y alma para el gozo del reencuentro. Ésas eran las peores horas, las que el tiempo demoraba hasta hacerlas interminables, las de la certeza angustiada de saber que algo que está viniendo nos espera. Y de pronto la sentía. Una vez me dijo José Bergamín, apostados ambos en la encrucijada de la Cruz Verde, esperándola, que a la Macarena primero se la siente y luego se la ve. Y eso es lo que le pasaba a Pepi. Primero la sentía. Sabía que venía desde la Resolana buscándola con esos ojos suyos donde cabe todo el consuelo de la pena, buscándola desasosegada, intranquila, porque le importaba la confirmación de la lealtad de quien nunca faltó a su cita. Y, cuando las dos miradas de las dos mujeres del barrio se cruzaban, en ese mítico instante del encuentro de la gracia, ya podían irse las dos a sus quehaceres del día: la una de vuelta a La Algaba a esperar otro año más, la otra a su encuentro con el mundo, contenta ya porque Pepi estaba donde tenía que estar, en el sitio exacto del recuerdo.

Hoy, en el día de tu santo, Esperanza, Macarena, he querido contarte, a manera de regalo, esta historia verdadera, no vaya a ser que por mor de su humildad, de su timidez hermosa, Pepi nunca te la haya contado y para que tengas hoy, en el día de tu santo, esta ofrenda cuyo valor no es otro que el más exacto sentido de nuestra Semana Santa, el que, lo mismo que tu rostro compasivo, sólo es posible encontrar en el poder de comunicación que provoca en todo aquel que te contempla.

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