La tribuna

manuel Torres Aguilar

El diálogo y la 'nueva política'

EL diálogo es fundamental en todo proceso de relación y más aún en la relación política. Esta afirmación cobra especial validez cuando está a punto de fracasar la que será la legislatura más breve del actual periodo constitucional. Ha sido precisamente la ausencia de un verdadero diálogo la causa fundamental de dicho fracaso. El diálogo es un medio y también un fin en sí mismo, porque su presencia hace posible el intercambio de propuestas y la posibilidad de negociación. En cualquier conflicto, la fase de inexistencia de cauces de comunicación define el peor de los escenarios posibles.

Sin embargo, en ocasiones es aún peor que la ausencia de diálogo, la falsa manipulación del mismo. Es decir, la invocación de su necesidad, para ocultar espurios intereses y la falta total de voluntad de llegar a un acuerdo. Dialogar para negociar encierra el propósito de hacerlo para llegar a un acuerdo. Es preciso en este contexto, dejar claro que en el caso de Podemos no ha existido ninguna intención de dialogar para llegar a un acuerdo. En toda negociación hay un planteamiento inicial de máximos a los que aspiran a llegar las partes, pero si los máximos exceden de la capacidad de asumirlos por la contraparte, entonces realmente se está planteando una farsa de voluntad negociadora, que solamente se invoca con la finalidad de que los demás crean que se está dispuesto a negociar.

Y si a ello se añade que cuando la contraparte ofrece una propuesta y la respuesta es derivar la decisión sobre la misma a otra instancia sin ni siquiera estudiarla, entonces más que farsa es un intento de insulto a la inteligencia de los ciudadanos. Digo intento, porque la ciudadanía es bastante más inteligente de lo que algunos políticos piensan. En concreto, esos políticos que después de haber leído una determinada literatura política y sólo esa, pretenden dar lecciones a los demás.

Sería bastante triste que el electorado premiase, en unas más que probables nuevas elecciones, a los políticos que han respetado poco el noble oficio de la política que precisamente se fundamenta en el diálogo, la negociación, la cesión y el compromiso para llegar a acuerdos en beneficio del bien común.

Del otro lado del tablero, el Partido Popular que en la intimidad sabía de la necesidad de ofrecer un diálogo sincero, ha rechazado desde el primer momento esta opción. Y lo explico: quien renuncia al intento de formar una mayoría parlamentaria para elegir presidente del Gobierno, está renunciando al ofrecimiento del Rey pero también está renunciando desde el inicio a dialogar. No se puede llamar a las cosas de otro modo.

Llegadas las nuevas elecciones, si ambas opciones resultan beneficiadas por el electorado con el incremento de sus resultados, entonces verían reconocida su postura contraria al diálogo que a su vez nos conduciría a una polarización de las opciones políticas hacia los extremos, en menoscabo de las opciones que apostaron por el diálogo y la negociación.

Vivimos tiempos complejos en los que ciertamente el diálogo sincero con voluntad de llegar a acuerdos empieza a ser un bien escaso. Siento cierto pesimismo ante la visión de un mundo cada vez más escorado hacia posiciones extremas. En Europa renacen opciones políticas que creíamos superadas después de más de cincuenta millones de muertos, frente a ello en la otra orilla el radicalismo y fundamentalismo religioso amparan la imposición de una verdad a prueba de bombas y más muertes. Aquí, salvando las distancias, percibo a la gente muy enfadada, con deseos de revanchismo, con intenciones que más que a nueva política huelen a política vieja y podrida. Quizá será que los nuevos tiempos son tan viejos que me recuerdan que todo tiempo pasado muchas veces fue peor. La defensa de cualquier posición política no sólo es saludable sino necesaria porque desde la variedad se construyen democracias más fuertes, en las que caben todos. Sin embargo, el engaño en la política es lo menos saludable para aquéllas. Aquí ha habido mucho de engaño e impostación. Espero que de nuevo la cordura electoral permita reconocer la verdadera voluntad de diálogo y negociación para construir realmente un tiempo nuevo, frente al fraude que ha supuesto la opción de quienes buscaron desde el primer momento unas nuevas elecciones que, al menos a mí, me conducen a la melancolía por el tiempo y el dinero dilapidado.

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