Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

El diferencial andaluz

UNO de los hechos diferenciales de Andalucía, en el nacer de la España democrática, fue su retardo económico y cultural en un país de por sí distanciado de Europa. Era la Andalucía de la mayor deuda histórica. Mientras que los hechos diferenciales de Cataluña y Euskadi fueron presentados como rasgos de identidad sobre los que construir el futuro, el andaluz exigía perder la diferencia, porque no se podía argumentar un proyecto autonómico basado en la pobreza y la ignorancia.

Hace unas semanas, andaluces y catalanes preguntaban a sus respectivos presidentes en un programa de televisión. Se vieron dos públicos distintos con perfiles sociológicos aparentemente similares. En el orden de las ideas, de la capacidad expresiva y la naturaleza de las preocupaciones, el déficit miraba al sur. En una comunidad donde tanto desertor de la tiza ocupa poltrona política, sorprenden los pobres resultados de la modernización anunciada. La educación y la cultura, ya se sabe, ofrecen poca rentabilidad electoral, aunque, para réditos de gloria, bastaría con bajar impuestos y cerrar escuelas...

Estos días se pregona que Andalucía emplea al 10 por ciento de los trabajadores de la cultura en España. Mal dato. En términos de convergencia, casi todo lo que se sitúa por debajo del 17 por ciento, que es el referente de población, descubre una carencia. Al tiempo, se publica que las ocho provincias andaluzas figuran entre las 14 españolas con mayor analfabetismo, lo que permite entender las raíces de los tristes resultados del informe PISA para la región, relacionados con el analfabetismo funcional, que es la cara oculta del drama. Jaén, en la cola de la alfabetización de la UE, aparece por debajo de buena parte de las naciones de América Latina, con un nivel similar al de la Venezuela de Chávez.

Sería injusto leer estos datos fuera de contexto, como si no se hubiese mejorado en los últimos años, y olvidar un pasado donde la diferencia era el subdesarrollo y se medía en los flujos de la emigración. Ese progreso, sin embargo, no puede llevar a la complacencia como discurso de gobierno, porque ha quedado claro que es necesario un mayor esfuerzo modernizador. Lo más preocupante es que son los menores andaluces los que peor asimilan la formación, por lo que el diferencial con el resto de España podría seguir instalado en el futuro.

Cuando Andalucía duele no es por una patología inconfesable, sino por las potencialidades desaprovechadas. Duele el conservadurismo y la medianía de miras que limita el emprendimiento para que la comunidad autónoma contribuya, de forma eficaz, a la cohesión de España. No hay cohesión desde el hecho diferencial de la pobreza educativa y cultural, que también es alimentada, por acción u omisión, con los nutrientes cotidianos de nuestros medios de comunicación públicos.

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