La tribuna

Lourdes Alcañiz

La difícil reforma

EL gran debate sobre la reforma del sistema sanitario americano va a parecer un paseo por el parque comparado con la que se avecina en el de la reforma financiera. No se ha hecho más que pronunciar las palabras "reforma" y "finanzas" en la misma frase y los senadores republicanos, en bloque, se han opuesto a discutir nada. Y es que si el sistema sanitario existente, al estilo sálvese quien pueda, era la esencia misma de la intocable filosofía capitalista, el sistema financiero es el capitalismo en sí.

Un debate de este tipo hubiera sido poco menos que impensable antes de que cayeran instituciones tan sagradas como Lehman Brothers, inaugurando la era de la gran recesión. De hecho, en la era Bush-Greenspan, cuando las vacas todavía eran gordas pero algunos ya veían la que se podía liar, el antiguo presidente de la Reserva Federal se ocupó personalmente de desacreditar a los legisladores que se atrevieron a sugerir un poco de orden en la jungla financiera.

Alan Greenspan, por cierto, considerado en otros tiempos el oráculo de la sabiduría económica, se enfrenta ahora a un panel gubernamental que investiga las causas y orígenes de la crisis financiera iniciada en 2007. El oráculo, como se le conocía en círculos económicos, culpa a las agencias hipotecarias semipúblicas del país de la especulación con las hipotecas de alto riesgo, especulación que desató la crisis financiera global en la que todavía estamos.

En esos tiempos pasados de opulencia y derroche a nadie se le hubiera ocurrido cuestionar a las vacas sagradas del sistema financiera estadounidense, y menos que nadie al ciudadano medio. Pero, claro, las cosas han cambiado un poquito desde entonces y nunca en la historia de esa nación ha habido una rabia colectiva tan grande como hay ahora contra los artífices de la especulación salvaje. El ciudadano medio está especialmente cabreado contra los habitantes de Wall Street, esos que van en avión privado a sus reuniones y que cobran bonificaciones plutimillonarias por meter la pata.

Esta energía popular es la que quiere aprovechar el presidente Obama, junto con su partido, para finalmente poner freno a los desenfrenos de Wall Street. Y si con la reforma sanitaria había grupos de presión, lo que ha surgido ante la reforma financiera son grupos de asalto. Una de las cosas que peor llevaron los republicanos en los días y meses posteriores a la caída fue la intervención del Gobierno para rescatar con miles de millones de dólares a las instituciones financieras que se hundieron en la crisis. Ahora, una de las claves del debate es no permitir que la ley contenga ninguna provisión para que esto vuelva a ocurrir. Otro de los argumentos, que forma parte del subconsciente colectivo republicano es que la regulación del sistema financiero lo único que va a hacer es estrangular los vibrantes y dinámicos mercados de capital y crediticios estadounidenses.

Por su parte, los demócratas proponen, entre otras cosas, poder gubernamental para cerrar una institución financiera que consideren presenta un riesgo para el sistema; crear una agencia de protección al consumidor para acabar con los préstamos abusivos; reestructurar el sistema federal de regulación bancaria para que muchos pequeños bancos queden fuera de la reserva federal y dar una mayor participación a los accionistas de compañías públicas en la elección de sus directivos y determinación de sus salarios.

¿Por qué es tan importante posicionarse con respecto a este debate? Porque las elecciones de noviembre para gobernadores, senadores y diputados están a la vuelta de la esquina. Sin embargo, un factor a tener en cuenta es que, al contrario de lo que ocurrió en enero cuando los demócratas perdieron a su senador por Massachussets frente a un republicano (el que sustituyó a Ted Kennedy), ahora sí que está empezando a haber signos de recuperación económica que probablemente se habrán fortalecido para noviembre. Signos que los demócratas ya se ocuparán de vender al público como el resultado de su buena política de recuperación y de intervención.

El problema al que se enfrenta el partido republicano con estos discursos de "reformas por encima de mi cadáver" es que se quedan fuera del debate. Ya les pasó durante la reforma sanitaria: tan ocupados estaban con orquestar la oposición y parar la reforma que al final su voz quedó ausente en la legislación más importante aprobada en el país desde hacía lustros. Y a juzgar por los hechos, puede que la historia se repita.

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