la ciudad y los días

Carlos Colón

De la dignidad

ANTONIO Lerate Cabrera por la mañana, visitando sus pasos de los que sólo los achaques han podido apartarle. Sólo para unirle más a ellos en esa dura estación de penitencia que tantos hermanos de edad hacen en sus casas, sabiendo cada minuto por dónde va su cofradía, abierto el exacto programa que la vida ha ido escribiendo año tras año en su memoria desde los tiempos heroicos de las vías del tren hasta los tiempos esplendorosos que han visto crecer en hermanos y cuajar en sevillanía la cofradía de la que ellos fueron parteros. Dura estación de penitencia, he dicho. Y más dura aún, añado, para los hermanos de las corporaciones de barrio que al despedir a su cofradía viven el vacío de las calles doblemente silenciosas y tristes tras el gozo de la salida, el escalofrío de imaginar la parroquia, aunque sólo sea unas horas, huérfana de las imágenes que son su vida popular y sensible. Esperando, esperando… Hasta que los tambores de la Cruz de Guía anuncien que el Señor Cautivo y su Madre están volviendo a su casa.

Antonio Fernández Rodríguez, Antoñito para esa extensa familia suya que son todos los hermanos y devotos de Santa Genoveva, andando ante el paso del Cautivo en traje que calle que, vestido por él, parece túnica blanca y capa negra con águila, apoyado en un brazo cirineo, recibiendo con pudor el homenaje de cuantos saben quien es, qué ha hecho y cuánto se le debe. Orgullo de los suyos, que presumen de él sin ofender su modestia, verle ante el Señor Cautivo desde que sale hasta la Campana es ver la historia viva de la Hermandad que, desde Antonio Lerate Santaella hasta Francisco Javier Bonilla, tan buenos servidores ha tenido y tiene. Nueve juntas de gobierno, desde la primera de 1956, han construido en 50 años que parecen cinco siglos el milagro sevillano de esta hermandad que frente a Antonio Lerate o Antonio Fernández ni tan siquiera me atrevo a llamar mía.

La dignidad está en su porte y es su herencia. Dignidad es la palabra que cuadra mejor a esta cofradía. Dignidad del Señor Cautivo siempre de frente al son de marchas clásicas de cornetas y tambores. Dignidad del palio de Nuestra Señora de las Mercedes andando casi a paso de agua sin descomponerse. Dignidad del ejemplar cuerpo de nazarenos que han heredado de Sevilla ese difícil saber estar de las antiguas hermandades de capa que han afrontar muchas horas de recorrido.

Dignidad de estos hermanos fundadores que van ante los pasos como excombatientes curtidos en pacíficas luchas de amor por su hermandad y sus titulares. Dignidad que dignifica la Semana Santa es el don que Santa Genoveva hace a Sevilla.

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