José Ignacio Rufino

La dimensión del polvorón

NO tengo datos fehacientes, pero sí la impresión de que, por estas fechas, la Navidad ya estaba bien presente en nuestra vida diaria el año pasado, mientras que, de momento, a las puertas de diciembre de 2008 sólo se perciben leves síntomas de las fiestas que vienen inexorablemente. El muchas veces indecente bombardeo publicitario sobre los niños -que se han convertido en contumaces prescriptores de sus padres, en vez de al contrario, como se supone que debería ser-, el espumillón, los pobres papanoeles-anuncio, las bolitas de porexpán en los escaparates y otras manifestaciones de alegría repentina parecen remitir y volver a la normalidad, acercándose más a los señaladísimos días de solaz, bondad extrema y transitoria, y engorde. Algunos restaurantes que a estas alturas del año pasado estaban ya reservados para las comidas de fraternidad laboral -con su menú fijo y su tinto, primerita bebible, descorchado de antemano- están en éste, por ahora, a dos velas. Los mantecados, sin embargo, ya están aquí desde hace días. Y -esto ya no es una impresión- cada día son más pequeños. Y así tendrá que ser.

Sin ánimo de elaborar una teoría del polvorón menguante, sí cabe ver cierto simbolismo en la cuestión. Por un lado, el mantecado andaluz -que no sólo es estepeño, sino también cazallero, vejeriego, antequerano o ruteño- es permeable a las exigencias de los tiempos biocentury y special k, y ofrece productos de tamaño más acorde a la mala conciencia de la legión de personas que lucha día a día contra el michelín y las pistoleras. Pero, por otro lado, el mantecadito de un bocado es una metáfora de la depresión económica que, en parte inducida a fuerza de decírnoslo, ya ha venido, y todos saben cómo ha sido. Lo que no sabemos cuánto tiempo se va a quedar por aquí el intruso gorrón que es la crisis. De momento, nos está forzando a llenar la nevera con marca blanca y a pagar al contado, volviendo a la ancestral contabilidad del cajón: si hay, saco; si no hay, no compro. Cuidadín con el dinero de plástico: el préstamo de la tarjeta de crédito será el próximo recorte del dinero corriente. De momento, la dimensión del mantecado mini no hace necesaria esa práctica tan clásica de aplastarlo, como si hiciéramos una croqueta, antes de comerlo. Bien mirado, el riesgo de engollipamiento se reduce considerablemente. Hacer de la necesidad virtud es una exigencia en la penuria y la cara oscura del ciclo.

Un economista con nombre de zapatero y piloto de carreras alemán, Fritz Schumacher, le dio la voltereta a una verdad tenida por incontestable en la economía y la empresa. "Small is beautiful", dijo, lo pequeño es bello. El tamaño siempre ha importado, y en la economía se da por descontado que la mayor escala es más eficiente y productiva. Sin embargo, ya lo vemos, no es siempre así. Leí hace unos días que éste puede ser también un argumento para que la crisis no sea el marco propicio para forzar desde la Junta la fusión de las numerosas cajas de ahorros andaluzas. La banca no es, en contra de lo que cabe pensar, un sector donde las economías de escala jueguen un papel decisivo en su funcionamiento y sus resultados. Y, además, para fusionarse hace falta dinero. Y, como le escuché decir a un bicitaxista habanero, "por el dinero no te preocupes, que dinero no hay". Teniendo en cuenta que las experiencias de fusión han ocasionado ingentes gastos -por ejemplo, millonadas en diseño y promoción de la nueva imagen corporativa-, de momento, todo el mundo quieto ahí.

No sólo puede tener lógica que los mantecados y las cajas sean pequeños. Es bueno enfriar la fiebre , pasar la resaca y disfrutar de lo que no tiene precio. Este año, muchos Reyes Magos se van a ahorrar una pasta.

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