Sine die

Ismael / Yebra

La doma

ME cruzo con un amigo que no veía desde hace años y observo que camina con dificultad y en su cara se adivinan gestos de dolor. Tras saludarle le pregunto por su salud y si padece de artrosis o de algo parecido, pero me responde que no, que está perfectamente de salud y que sus gestos de dolor y su dificultad para caminar se deben a que está domando unos zapatos. Hace años que no oía esa expresión y con ella me vinieron a la cabeza los viejos zapatos de Segarra, irrompibles, con su piel durísima y su gruesa suela de goma que uno tiraba por aburrimiento sin ser capaz de desgastarlos.

Cosas tan simples como unos zapatos, requerían hace años de un proceso de adaptación que mi amigo y toda aquella generación denominaba doma. Conocí a un teniente de la Legión que, antes de ponerse unas botas nuevas, se las dejaba a un soldado que tenía unos pies enormes para que las domara. Por mucho que el soldado se quejaba, no le quedaba otro remedio que ponerse las botas y decir a sus órdenes mi teniente. Lo mismo pasaba con los coches nuevos que precisaban de un tiempo de rodaje o con cualquier profesional o artesano que, antes de ser maestro, estaba unos años de aprendiz.

Bien está que los zapatos se fabriquen con piel más fina y que los coches vengan con el rodaje hecho, pero lo de la falta de aprendices no lo veo tan claro. Ahora todo el mundo es maestro y nadie acepta aprender sin cobrar. Está demostrado que al iniciarse en cualquier profesión el mejor sueldo es el que a uno lo enseñen bien. Tener un buen maestro es la mayor garantía de llegar a ser un buen profesional. La prepotencia y la suficiencia, tan frecuentes en los tiempos que corren, son grandes enemigas de la formación y esa carencia la estamos notando en muchos ámbitos de la sociedad española. Cada vez es más difícil dar con un buen mecánico, un buen carpintero o un buen albañil, por no citar a otros profesionales de mayor responsabilidad, título universitario incluido. Cualquier ignorante presume de ingeniero, como decía el viejo chiste de llamar al basurero en Portugal el engenheiro do carro da merda. Habituados a las actitudes cuarteleras nos hemos acostumbrado a convivir con la falsedad, la improvisación y la chapuza. No hay más que mirar arriba y abajo, a un lado y a otro para ver la mediocridad imperante. Afortunadamente, hace años que abandonamos el látigo y somos un país libre, aunque falto de doma.

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