la tribuna

Manuel F. Sánchez Blanco

El drama oculto de los arquitectos

SI usted aparca su coche en una calle de determinada ciudad andaluza, es muy posible que el gorrilla que le atienda sea de profesión arquitecto. Si entra a tomar una copa en aquel bar, es probable que se la sirva un camarero de profesión arquitecto. Si pregunta qué está haciendo actualmente ese amigo suyo arquitecto, le contestará: nada.

¿Cómo es posible que esta profesión haya llegado a esta situación? Es verdad que los casos mencionados son extremos, pero cada día que pasa va dejando de serlo. Los estudios de arquitectura y con ellos sus profesionales han desaparecido casi por completo, y éstos andan refugiados en sus casas (aquellos que lograron salvarla de la quema) o en las de sus parientes y amigos. Aún hoy (después de cuatro años de crisis del sector) los arquitectos andamos perplejos y sorprendidos por la magnitud del tsunami, sin saber qué hacer, sin reaccionar a esta terrible situación.

Tantos años de carrera y muchos otros de aprendizaje nos dieron la posibilidad de ganarnos la vida con una profesión maravillosa y gratificante, además de bien remunerada. Hoy no tenemos profesión, ha desaparecido, así de sencillo, así de duro. El 80% del trabajo de los estudios de arquitectura tiene que ver con la construcción de viviendas. Con la desaparición de éstas, se firmó nuestra sentencia de muerte profesional (no puedo olvidar ni olvidaré nunca las palabras de nuestro anterior presidente del Gobierno: "Yo, personalmente, me negué al rescate de la construcción". Ya le podría haber dado por los bancos, por ejemplo, ¡angelito!)

Algunos opinan, desde la más pura envidia y rencor, que lo tenemos bien merecido y que ya era hora de que bajáramos de nuestro pedestal de soberbia y prepotencia donde nos habíamos instalado; también, que si ahora no ganamos dinero en el pasado hemos ganado mucho, así que ahora nos toca sufrir. No voy a negar lo de la soberbia y prepotencia (males muy extendidos entre nosotros), pero en lo restante considero que alegrarse del mal ajeno es una villanía, por decirlo suavemente.

Los arquitectos no hemos cotizado nunca a la Seguridad Social, tenemos nuestra propia mutualidad (bastante cara, por cierto) que nos cubre sanidad y pensiones, pero no el paro. Así que: 1.- Estamos en el paro sin cobrar prestación alguna por desempleo. 2.- Debemos seguir pagando las cuotas a nuestra mutualidad si queremos seguir teniendo sanidad (parece que esto, por fin, se va a arreglar con la futura Ley de Salud Pública, actualmente en tramitación). 3.- Nuestra pensión futura es un fondo acumulado a lo largo del ejercicio profesional, por lo que después de nuestra jubilación, si se nos ocurre vivir 15 o 20 años más, nos quedaría una paga mensual de 200 euros como mucho (recomiendo a mis jóvenes colegas que se den de alta, cuanto antes, en el régimen general de la Seguridad Social, si quieren evitar la lamentable jubilación que nos ha quedado a los mayores).

Hemos vendido todo lo que teníamos, hemos indemnizado a nuestros empleados hasta donde hemos podido, hemos cambiado deudas por bienes (daciones), hemos cumplido con Hacienda y con la SS; y ahora, al cabo de cuatro años de crisis, estamos con los fondos propios vacíos, sin trabajo y sin prestaciones o ayudas. ¡Estamos bien jodidos!

Los colegios profesionales callan, los arquitectos callamos ante esta situación tan deplorable; todo parece normal, como siempre, pero es mentira: la procesión va por dentro. Nunca hemos sido un colectivo unido y solidario (la Escuela -así la llamamos los arquitectos- nos lo enseñó desde muy temprano), hoy se demuestra una vez más. ¿Es que nos da vergüenza asumir nuestra situación actual? ¿Es que podemos permitir que compañeros nuestros nos sirvan una copa detrás de una barra de bar porque no tienen otro modo de ganarse la vida? ¿Es que podemos permitir que nos hurten nuestra profesión sin levantar la voz siquiera?

Soy arquitecto y sé de lo que hablo. Hace 40 años ser arquitecto era sinónimo de prestigio social, éxito y dinero. Hace 15 años sólo de éxito y dinero. Hoy es sinónimo de pobreza, fracaso y desilusión. Pero les confesaré una cosa: todavía, cuando me preguntan qué profesión tengo, respondo con orgullo y satisfacción que arquitecto. Mi boca se llena con esa palabra y con lo que significa; con el recuerdo de lo que me costó conseguirla; con los años de estudio, dedicación y esfuerzo que he tenido que hacer y sigo haciendo para tratar de ejercerla con competencia, profesionalidad y honestidad. Por mucho que las cosas hayan cambiado (¡y de qué forma!), nosotros los arquitectos debemos seguir luchando por nuestra propia estima y dignidad, por el derecho de poder seguir ejerciendo esta maravillosa profesión.

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