La montera

Mariló Montero

El 'efecto Howard'

QUÉ nos aporta la inmigración de contacto, la visible? Me refiero a la que forma parte de los ropajes de nuestra sociedad y cuyo fondo de armario está compuesto por la miscelánea de las vestimentas de marca o de imitación, que se mezcla con las ropillas raídas pasadas por la piedra donde muchos inmigrantes tiran los sueños cada noche. Soñar a ras de suelo humilla tanto los sueños que dejan de serlo. Porque los sueños se buscan mirando hacia el cielo y, a estos inmigrantes, que tienen los sueños por los suelos, el cielo les queda en el infinito.

Entre nuestras idas y venidas del tráfico social, los inmigrantes son esquinas en las que no queremos virar la marcha. Los vemos en la calle, en una mala integración formalmente ilegal, con una manta que lían al hombro para salvar sus piezas de supervivencia. Los vemos ateridos en las playas, recién llegados de un país sin pasaportes que es la mar devoradora de identidades. Para los que tocan arena sin temor a futuros envites tenemos un triunfal uniforme que los unifica: una manta que derrite su hipotermia. Los vemos en el semáforo mientras esperamos con impaciencia el cambio de color. Con la ventanilla subida desearíamos que no hubiera negros que quisieran vivir como los blancos. Que los negros del semáforo fueran de colores y que nos conmutaran la antipatía con la que les respondemos cuando asoman su cara por nuestra ventanilla y nos muestran los poros de su raza y su mundo inquietante.

Howard Jackson, un liberiano de 34 años, ha hecho que la inmigración, desde su semáforo en la Plaza de Armas, en Sevilla, sea un trabajo digno, admirable y desdramatizado. Howard ha esquivado balas, fríos, aguas hambrientas de carne negra, ha saltado entre cadáveres de familiares que morían a sus pies, ha pasado hambre, dolorý, pero nada de aquello borra su sonrisa. Es el efecto Howard.

Howard cambió sus ropas de noches sin sueños por cientos de disfraces y personalidades que le dieran una oportunidad más allá de tres luces como tres cruces. Howard ha conseguido dignificar el trabajo de los inmigrantes en los semáforos hasta que su efecto ha contagiado a nuevos africanos que empiezan a disfrazarse de Papa Noël. El efecto Howard ayuda a que se deslicen los cristales de los coches y nos entre aire incluso antes de alcanzarlos. Howard, el rey del semáforo, ha conseguido contagiarnos de su alegría inquebrantable. Howard es un inmigrante feliz viviendo en la práctica indigencia, más que muchos de nosotros viviendo en la práctica opulencia.

Howard se ha ganado ser un sevillano valorado y loado. Él seguirá prodigando con inteligencia su felicidad en el semáforo carnavalesco, el más alegre. Mañana, como la pasada Nochebuena, cenará solo, pero dichoso. Porque nos da lecciones de cómo ser un inmigrante feliz, a pesar de todos nosotros. A los Reyes Magos les pediría, para este inmigrante diestro en el alegre contoneo, un reconocimiento de ciudadano inmigrante ejemplar.

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