la tribuna

Rafael Rodríguez Prieto

El ejemplo islandés

NO cabe duda. Según nuestros políticos de aquí o de Bruselas, la crisis económica que se abate sobre el mundo sólo tiene un culpable: usted. Sí; usted que se levanta todos los días para ir a su trabajo sin hora para volver a su casa. Usted, que se tiene que clonar todos los días para compensar las bajas que la Administración no cubre. Usted, que abandona su casa para ir a una oficina del paro y horas después se sorprende en un parque leyendo la prensa gratuita. O incluso usted que ya no se levanta porque parece que con más de cincuenta años uno ya es un despojo en la sociedad perfecta del capitalismo poshumano. Los culpables purgarán sus pecados lejos de Dior y dentro del Dia. Y no hay más que hablar.

¿Recuerdan toda esa retórica de los paraísos financieros y su desaparición? ¿Se acuerdan de toda ese entusiasmo regulatorio? ¿Y de los banqueros que iban a ir, supuestamente, a la cárcel? ¿Qué habrá sido de ello? Se pagó el festín financiero con nuestro dinero y si te he visto no me acuerdo. Aún puede ser peor: a los ciudadanos se nos declara oficialmente culpables de todo. No hay más que leer las medidas aprobadas estos días en la Unión Europea. El Pacto por el Euro o sobre el modelo de Gobernanza Económica sitúa a los trabajadores en una posición insostenible para los próximos años. La reducción de los costes laborales se llevará a cabo limitando la revisión de los acuerdos salariales, los procedimientos de fijación de los salarios y los niveles de centralización de la negociación colectiva. Con este tipo de políticas, las diferencias económicas aumentarán, la riqueza se concentrará y se incrementará el deterioro de los servicios públicos.

Ante esta situación semidictatorial, la calle europea permanece muda. Los ciudadanos debemos recuperarla como un espacio público de debate e intervención política. Tenemos el deber y la responsabilidad de bajar a nuestras plazas, no como meros consumidores de productos imposibles y, muchas veces, innecesarios, sino como ciudadanos a tiempo completo que luchan por dar a sus hijos una sociedad mejor. Debemos comprender, y nuestros mayores lo saben muy bien, que la conquista de derechos nunca ha sido gratis. Que los derechos de los que hoy gozamos son producto de las luchas del pasado. Que no podemos dar por sentado ningún derecho porque siempre habrá un listo que nos lo trate de arrebatar y, por tanto, tendremos que estar siempre vigilantes. En fin, hay que repetir una y otra vez que las cosas no son gratis y menos en estos asuntos. Que se lo pregunten a los islandeses.

Los acontecimientos de Islandia han sido de enorme interés y, sin embargo, poco conocidos. Los islandeses han logrado mediante la presión pacífica en las calles redactar una nueva Constitución, encarcelar a los responsables del desaguisado económico y conseguir la dimisión del gobierno. Se detuvieron a banqueros y políticos. Incluso, la Interpol dictó una orden internacional de arresto contra el ex presidente del Parlamento.

En 2008 se nacionalizaron las pérdidas del primer banco del país. Las deudas bancarias de Islandia equivalían a varias veces su PIB. La moneda se desplomó y la bolsa suspendió su actividad tras un hundimiento del 76%. El país estaba en bancarrota. En 2009 el gobierno decidió culpar oficialmente a los ciudadanos islandeses de lo que otros habían hecho y diseñar un plan en que las familias islandesas pagarían 3.500 millones de euros durante 15 años al 5,5% de interés. Mientras, un joven ciudadano trepó a lo alto del edificio del parlamento y sustituyó la bandera del país por la de la cadena más importante de supermercados: una bandera amarilla con un sonriente cerdito. Toda una metáfora social.

Los islandeses tomaron las calles y forzaron la celebración de un referéndum en el que un 93% de la población decidió no devolver la deuda en esas condiciones. Los acreedores tuvieron que revisar las condiciones y bajaron los intereses al 3% y el pago a 37 años. En este contexto, se eligió una asamblea para redactar una nueva Constitución que recoja las demandas ciudadanas y sustituya a la actual. Con el fin de lograr una Constitución lo más democrática posible, Islandia ha decidido recurrir directamente a la ciudadanía. Más de 500 islandeses se presentaron candidatos para participar en este ejercicio de democracia y participar en la redacción de la Constitución.

Para tal fin fueron elegidos 25 ciudadanos mayores de 30 años, apoyados por 30 personas. Entre ellos hay abogados, estudiantes, periodistas o granjeros sin filiación política anterior. El ejemplo islandés es interesante incluso en lo que respecta a la libertad de información y expresión. El parlamento islandés ha impulsado un proyecto de ley que pretende hacer del país un refugio del periodismo de investigación y de la libertad de información.

Los islandeses no son diferentes a nosotros. No se manifestaban desde 1949. Los ciudadanos no somos conscientes de nuestra capacidad para transformar la realidad. Pero existe y no hay más que echar una ojeada a los últimos acontecimientos en el mundo. Cuando un modelo de relaciones productivas se muestra tan depredador como el actual, no caben más soluciones que reivindicar la democracia; esa bella palabra que tanto temen los enemigos de la justicia social y la libertad.

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