HEMOS leído recientemente algunos titulares de prensa haciéndose eco de los reiterados problemas de funcionamiento de las novedosas baterías de ión litio del nuevo Boeing 787 Dreamliner, que ha obligado a dejar en tierra los aparatos ya entregados. No ocurría un suceso así desde 1979. Esto implicará unas pérdidas estimadas en decenas de millones de dólares para Boeing, amén del impacto que está suponiendo en su valor en Bolsa y en su imagen en el mercado. Se suma, además, a las ya dramáticas cifras del proyecto: miles de millones de dólares por encima del presupuesto y el retraso de su lanzamiento en siete ocasiones.

Es un caso más, pero quizá el más espectacular, de una economía basada en la globalización y, más concretamente, en la deslocalización de determinados procesos de negocio subcontratados en países remotos. Es lo que generalmente se denomina offshoring. Mientras que la manufactura se ha deslocalizado principalmente en China, Taiwán, México o Europa del Este, los servicios TI se han ido a Filipinas, India y Latinoamérica. Hoy, la lista de industrias que ha perdido EEUU a causa del offshoring es más que inquietante: iluminación fluorescente compacta, pantallas LCD, móviles, baterías recargables para vehículos híbridos, células solares de silicio cristalino y policristalino, inversores para paneles solares, notebooks y netbooks, discos duros, routers, composites o materiales cerámicos avanzados.

España jugó el papel de país receptor de procesos fabriles en los 70 y 80, con un enfoque distinto al actual, ya que lo que se implantaba aquí eran factorías cautivas de una matriz extranjera. El sector servicios lo hizo con posterioridad, animado por iniciativas como Invest in Spain (ICEX) o ValueShore (AEC). Estas apuestas han defendido un modelo de capacidad, cercanía y estabilidad frente al de los países emergentes, de coste inferior pero unido a realidades geopolíticas más complejas o incluso a zonas con riesgos de catástrofes naturales. Aún así, no se ha producido un movimiento masivo de deslocalización hacia nuestro país.

España, por otra parte, sí ha deslocalizado, sobre todo en sectores como el textil/confección, muebles o agroalimentario, e incluso en servicios TI. El atractivo radicaba en los inferiores costes laborales de los emergentes, una débil presencia sindical y regulaciones medioambientales casi inexistentes. Parece que tiene sentido si se deslocaliza cerca de España (Zara es un ejemplo) o se produce masivamente en zonas como China.

No obstante, la crisis económica actual ha exacerbado los ánimos en contra de este movimiento, propiciado incluso por los propios gobiernos. No olvidemos que éste ha sido un punto de debate intenso entre Obama y Romney en la pasada campaña presidencial norteamericana. Ahora, los gobiernos de Francia y Alemania están realizando declaraciones de apoyo.

Boston Consulting Group mantiene que para 2015 los costes de producción industrial en China se equipararán con los de EEUU. La consolidación de cuatro tecnologías que están haciendo cambiar los procesos de producción industrial y, por ende, sus costes, contribuye a ello: nanotecnología, impresoras 3D, robótica e inteligencia artificial. Conscientes de esto, China está desarrollando nuevos clusters industriales localizados en el interior del país para abaratar más aún los costes laborales e India está creando nuevas factorías de software en zonas rurales.

Lo interesante es que General Electric ha recuperado para Kentucky la producción de frigoríficos, lavadoras y radiadores y pretende llevarse a Detroit el grueso de la actividad en TI. Apple ha anunciado que para 2014 se traerá la producción de alguno de sus modelos iMac de vuelta a casa. Whirlpool se está trayendo su línea de batidoras de China y México a Ohio. Otis se trae la producción de ascensores de México a Carolina del Sur…

Sin embargo, en servicios parece que la tendencia actual es a crecer pese a las barreras culturales o idiomáticas y a la diferencia en zonas horarias. Es por ello que la deslocalización a centros más baratos pero en el mismo país (nearshoring) sea una elección intermedia más inteligente y más de moda.

Las dudas existen pero no podemos olvidar el potencial mercado chino ni los siete millones de graduados anuales que vomitan sus universidades. Por tanto, es difícil que China deje de ser un destino objetivo para el offshoring y por eso mismo es tan importante que los gobiernos occidentales apliquen medidas que permitan elevar el nivel de competitividad de nuestros futuros profesionales mediante la formación especializada y la creación de clusters de proveedores, unido a una mayor flexibilidad por parte de empresas y trabajadores.

La recuperación de la producción y los puestos de trabajo que ello conlleva está tan de moda como lo estuvo hace una década llevársela a India o China. Algo está cambiando.

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