Confabulario

Manuel Gregorio González

Las encuestas

PASADAS las elecciones, políticos y periodistas se han lanzado a explicarnos el vuelco electoral y, de momento, ya tienen un culpable: las encuestas. Según esta explicación, las encuestas eran deficientes, capciosas, inhábiles o acomodaticias, de ahí que ahora nos hallemos entre la estupefacción y el tedio, tratando de averiguar por qué no se produjo el sorpasso y por qué Mariano salió al balcón, triunfal y veraniego, para saludar a sus fieles. Incluso circula por ahí una ridícula teoría del pucherazo, cuando es sabido que al Ministro del Interior no lo obedece nadie y lo graban en su propio despacho, como si fuera un personaje de Ibáñez. La pregunta, en cualquier caso, es obvia. ¿Y por qué iban a equivocarse las encuestas? ¿Y por qué no puede modificarse el voto, cuando hay razones de última hora para modificarlo?

Que sepamos, el voto no es un apéndice fósil, de imposible modificación. La propia suma de IU y Podemos ha demostrado que la aritmética y los electores no coinciden, necesariamente, en las urnas. Con lo cual, ni todos los simpatizantes de IU habrán votado a Unidos Podemos, ni todos los votantes de Podemos habrán aceptado la presencia de la vieja IU en sus filas. Pero es que, además, ha ocurrido el Brexit. Y es este hecho el que, probablemente, haya modificado de modo substancial el sentido del voto. A tres días de las elecciones, el Brexit ha evidenciado los riesgos innecesarios, y las graves consecuencias, todavía ignoradas en su completa arboladura, que se derivan de una política plebiscitaria como la que ha practicado Cameron en el Reino Unido. Una política, por otra parte, que le ha dado el triunfo a Unidos Podemos en el País Vasco y Cataluña, y que habrá retraído, a la hora de votar, a una parte importante de sus simpatizantes en el resto de España. Porque, al cabo, ése es el mayor problema al que se enfrentan los hombres de Pablo Iglesias: no a "la secular indolencia del pueblo español", inicua majadería repetida demasiadas veces, sino al espinoso asunto de la autodeterminación, que acabará por fracturar su partido, tarde o temprano.

Hay una parte de su electorado que no encuentra ninguna ventaja, y desde luego ningún atisbo de progresía, en la vocación plebiscitaria de sus marcas catalanas y vascas. Y es lógico pensar que el Brexit ha disuadido a esa parte de su electorado, menos rígida y cantonalista. El gesto serio, sereno, reconcetrado de Iglesias en la noche electoral, nos hace sospechar que él también lo piensa.

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