Desde mi córner

Luis Carlos Peris

Los enigmas del gran culebrón

Todos los veranos surge un serial informativo con el que combatir la falta de noticias y toca el de Cristiano

TODOS los veranos surge un culebrón informativo que convierte en oasis el desierto. Algo hay que remover para conservar el pulso noticioso mientras los equipos van desperezándose para llegar al campeonato en las condiciones idóneas. Habitualmente, el gran culebrón suele ser por algo relacionado con el Real Madrid, con quién si no... Un verano es Zidane, al otro surge el interés del marketing que arrastra Beckham, o es Ronaldo, el que parecía auténtico Ronaldo y que ahora ve cómo su estrella se eclipsó antes de tiempo a causa del otro Ronaldo, ese Cristiano que el Madrid intenta ficharlo aun en contra de los deseos de su dueño.

Dueño de sus derechos federativos, no vaya a ser que se me malinterprete y haya quien crea que servidor le hace el juego a Blatter llamando esclavo al portugués. Bueno, pues ese dueño de su licencia, que no es un cualquiera sino el vigente campeón de Champions, se resiste como gato panza arriba a desprenderse de su buque insignia, lo que encocora a la hagiografía que engrandece a diario la imagen del Real Madrid. Ferguson afirma por enésima vez que Cristiano jugará en el United el próximo curso y ahí que saltan como tejones a la yugular de Sir Alex, como si el hombre no estuviera en su derecho de defender lo que acordaron mediante contrato.

Y a pesar de que el propietario del futbolista, perdón de sus derechos, se reafirma en su idea de no venderlo, el culebrón sigue y sigue alimentado por esa hagiografía que llega a proclamar, incluso, que el madridismo es la segunda religión del país. Lo dicen y se quedan tan frescos, convencidos de que todos respiramos al mismo son. Y ni siquiera que el futbolista tiene para tres o cuatro meses de convalecencia es motivo suficiente como para que el culebrón amaine. Al final, Cristiano Ronaldo se vestirá de blanco y radiante, pero no se sabe cuándo. He ahí el secreto de todo culebrón que se precie, que nadie en el mundo sabe cómo ni cuándo tocará a su fin.

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