Desde mi córner

Luis Carlos Peris

Por la épica hacia lo máximo

Con el gol de Ibrahimovic aparecían las calculadoras; con el gol de Villa vuelve la fe y se sueña con Rumanía

PELOTAZO con sabor a despeje de Capdevila, Villa que lo persigue, la pareja de centrales de Suecia que se fía uno del otro y el ratonil asturiano que le quita la cartera a uno de ellos, Hansson, para fusilar a quemarropa a Isaksson. Todo en el minuto 93, el último, un gol que en vez de marcarlo lo encajas y es para apagar y no volver por la tienda. Pero fue a favor de los nuestros y cuando nadie daba un duro por un equipo que no se pareció en nada al del otro día con los rusos. Y eso que lo tuvo todo a favor, todo para que la película hubiese sido un revival de ese partido tan cantado y piropeado que fue el España-Rusia.

Ibrahimovic estuvo a punto de amargarnos la Eurocopa, pero, afortunadamente, nos eximió de su amenaza toda la segunda parte. Cuando el talentudo gigante se quedó en el camerino, algo nos dijo que la cosa podía arreglarse tras haber estado en el buen camino durante mucho del arranque inicial. Hasta el gol de Torres, España estaba recitando el rol que mejor le viene, el de adueñarse de la pelota, tocar sin prisas y con seguridad en zonas frías hasta encontrar el hueco por donde meter el último pase. De esa forma se metió a Suecia en su rincón, pero todo se fue al garete con los abrazos a Fernando Torres y España iría a atropellar la razón a partir de ahí.

Atropellar la razón en este equipo es perder el contacto con la pelota, sobre todo cuando se pierde más por defecto propio que por la excelencia del rival. Llegó el gol de Ibrahimovic y las calculadoras surgían una vez más, pero el sueco se quedó en el descanso y todo parecía más fácil. Pero no fue más fácil aun recobrándose el sentido común. De nuevo se volvía a jugar a favor de estilo, pero Suecia acumulaba gigantes y no había ocasiones de gol. Luego, cuando más bullían las calculadoras y el fantasma que nos persigue desde que el fútbol es fútbol revoloteaba sobre la vertical de Innsbruck llegó ese ratón astur para que ahora soñemos con Rumanía por vía de la épica.

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