El medio centro

Carlos Izquierdo

Entre la épica y los pardillos

Al Getafe le metieron un gol en el último minuto del partido y otros dos en los últimos cinco de la prórroga

VAYA por delante que el Bayern de Múnich es el equipo más odioso que ha existido, existe y existirá. Y vaya por delante también que a uno le unen relaciones sanguíneas con el Getafe desde hace ya casi 30 años. Dicho esto y aclarados los conceptos, lo que se vivió el pasado jueves en el estadio del sur de Madrid es uno de esos momentos que te hacen pensar en lo injusto de la vida, en la fugacidad del éxito, en lo transitoria que resulta la felicidad… Pero también te hace reflexionar acerca de lo jodido que resulta ser un pardillo.

Porque cuando uno, fríamente, repasa lo sucedido en el Coliseum Alfonso Pérez de Getafe tiende a quedarse con los fuegos artificiales y con la épica cinematográfica. Uno ve el partido y se queda con los detalles, con la espectacular lección de fútbol, honestidad y coraje que dio el Getafe, con un hombre menos, durante 120 minutos ante un todopoderoso equipo alemán. Se queda también con la prórroga y con el equipo en semifinales a falta de cinco minutos, después de tres golazos. Y se queda con la lágrima del débil, con el final spielbergniano y dócil que hace salir a todos del cine con el nudo en la garganta.

Pero detrás de todo este the end en cinemascope y alta definición discurre otra lección mucho más dura, que no tiene que ver con la épica ni con el cine y que explica el final infeliz del Getafe en la UEFA. Un análisis que explica sin emociones que al Getafe le metieron un gol en el último minuto del partido y otros dos en los cinco últimos minutos de la prórroga. A eso, aquí y en la China Popular que diría el otro, se le llama ser un pardillo. Y eso, en cuartos de final de toda una Copa de la UEFA, se paga con la eliminación. Pero esto no es ni más ni menos que FÚTBOL. Para lo otro, lo de los héroes, la lágrima, la épica y el final feliz, mejor ver Carros de Fuego.

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