Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

La equívoca piratería

AUNQUE pueda parecer frívolo, uno de los beneficios de la controversia abierta por el rescate de los marineros del Playa de Bakio ha consistido en aclarar qué son los piratas y qué el pirateo. A partir del secuestro del atunero vasco los medios informativos han echado mano de los archivos y nos han ilustrado a todos sobre quiénes son los piratas y, en particular, quiénes fueron y en qué mares operaban. Como tantos otros términos que irradian fulgores épicos y aventureros, el uso del sustantivo se ha desvirtuado hasta el extremo de quedar reducido bien a la memoria de las viejas novelas de Emilio Salgari o bien ampliado a las miles de personas que copian o duplican, da igual bajo qué circunstancia, grabaciones musicales o de cine.

¡Entre los piratas que biografió Daniel Defoe y los que cuantifica la Sociedad General de Autores hay una distancia cualitativa y, por supuesto, cuantitativa insalvable! Un abuso terminológico que nos sitúa a los españoles en mitad de una singular paradoja: en un país sin apenas tradiciones piratas, pero en el que se conjuga en nombre de cientos de miles de internautas el verbo piratear, no tenemos claro qué es un auténtico bucanero o un corsario.

El pirata, como material de debate político, arrastra las mismas vacilaciones. La intervención del Gobierno español en Somalia para liberar a los tripulantes del Playa de Bakio arrastra numerosos y espesos enigmas. Tengo la impresión de que el lento viaje de regreso de la dotación del pesquero liberado, en la compañía, ya inútil, de una fragata del Ejército, está suponiendo un largo respiro para que el Gobierno redondee la versión oficial sobre lo acontecido en las costas somalíes, pero al mismo tiempo una dilatada prórroga para componer todo tipo de especulaciones, de las más lógicas a las más disparatadas.

Circulan muchas teorías. Las más legendaria, y en cierto modo cercana a Salgari, sugiere que España debió, más que buscar un salida pacífica, interceptar a los piratas, abordarlos e incluso hundirlos, quién sabe, para dejar a salvo la honra de la Armada. ¡Malditos bucaneros! ¿Y la vida de los marineros? ¡Ah, eso es cuestión aparte! Otra hipótesis, que presupone que el Estado pagó los más 700.000 euros en que se calcula el precio rescate, equipara (distancias aparte) a los enigmáticos malhechores que operan en el Índico con los etarras y proclama sin pudor que Zapatero ¡ha vuelto a negociar con terroristas!

Son los inconvenientes de los viajes de regreso largos, las historias de piratas transportadas en el tiempo y, por descontado, de la agónica e insuficiente información. El Gobierno debe comparecer en el Congreso cuanto antes.

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