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Rafael Padilla

El escándalo de la Cruz

HOY escribo para cuantos aún sientan que esta semana no es una semana más, sino el tiempo en el que conmemoramos el misterio que da sentido a nuestro ser. No es fácil cargar con la cruz de Cristo. No lo fue, en realidad, nunca; pero todavía menos en un mundo que se considera lo suficientemente instruido y desarrollado como para ignorar a Dios. La cruz, como símbolo, se procura apartada. Hiere su sola visión. Se la quiere escondida, silente ante los nuevos valores que, a partir de la estricta razón, pretenden instaurar un orden diferente.

Nada, por otra parte, que deba extrañar. Fue, desde los orígenes, motivo de escándalo. Pablo (Gál 5,11) ya se refiere, en esos mismos términos, a la inquietud que produce la contemplación de un Dios muerto en muerte de cruz. Profundizando en las causas, podemos encontrar -y sigo en esto la predicación de Spurgeon- cuatro motivos que la hacen difícilmente asumible. En primer lugar, desafía el propio núcleo de nuestro saber. No hay, en ella, nada maravilloso que interrogue la lógica de los filósofos, ni su absoluta sencillez deja margen para el debate o la disputa. La verdad descarnada del madero se acepta o no, no tolera especulaciones y, en ese sentido, estorba y ofende nuestro permanente instinto creador. Niega, en segundo lugar, nuestras capacidades. No hay más camino a la salvación que el que inaugura Cristo. Sin Él, todo esfuerzo será inútil, todo intento vano. Él es la única puerta y eso lastima nuestro orgullo de seres presunta y falsamente autosuficientes. Enlaza esta segunda idea con la tercera: la cruz escandaliza también porque se opone diametralmente a nuestra noción acerca del mérito. Una vida santa puede perderse en un instante. Una vida depravada alcanza buen puerto si aprovecha un punto de contrición. No es la justicia de los hombres, sino la de Dios, la que prevalece en el juicio y esta verdad nos desconcierta, desmiente la confianza que podamos tener en nosotros mismos. Es cierto que, por ella, nunca nos faltará la esperanza; pero, de idéntico modo, nos mantiene, a todos y en todo momento, al borde del abismo. En los Evangelios hay numerosos ejemplos de esta aparente incongruencia y del enojo que perpetuamente produce. Por último, y eso incomoda a dignidades y poderes, la cruz nos iguala, nos presenta universalmente desnudos ante la misericordia de Dios. No hay atajos para lograr su perdón, ni sitios preferentes. Es la fe la que nos redimirá, sea la imperceptible del humilde, la proclamada del sacerdote o la fastuosa del rico. Todos, como Cristo, hemos de encomendar nuestro espíritu en las manos del Padre.

Escandaliza, claro que escandaliza. Y sin embargo, aunque nos estremezca, la cruz es el signo máximo de la inmolación de Jesucristo, el pilar de un credo que nos dice que muriendo con Él resucitaremos también con Él. Ojalá que así acertemos a verla en los días que llegan.

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