La ciudad y los días

carlos / colón

En el escaparate

SAN Isidoro con las Etimologías, los almohades con la Giralda, Pedro I con el Alcázar, los canónigos que en 1410 decidieron hacer "una Iglesia que los que la vieren labrada nos tengan por locos", el Puerto de Indias, Cristóbal de Morales, Cervantes, Mateo Alemán, Murillo, Velázquez, Zurbarán, Montañés, el divino Herrera, el Archivo General de Indias de Carlos III, las óperas de Mozart, Beethoven, Rossini o Bizet, Antonio y Manuel Machado, la Generación del 27, Turina, Cernuda, Chaves Nogales, el flamenco, la Feria de Abril, la Semana Santa o el Rocío pusieron a Sevilla en el escaparate mundial hace mucho, señor consejero de Turismo.

Vaya por delante que "poner en el escaparate" es una expresión antipática, porque Sevilla no es ni las camisas de Galán, ni los trajes de O'Kean, ni los bolsos de Casal, ni las plumas de Ferrer, ni los libros de Reguera o de Céfiro, ni los dulces de La Campana, ni los juguetes de Los Reyes Magos, ni los sombreros de Maquedano, ni la ensaladilla de la Alicantina, ni los pescados de Angelito el de la Encarnación, ni los calentitos del Comercio… Sevilla no es una mercancía -por noble y tradicional que sea, como las que he citado- que se exponga en un escaparate. Y mucho menos el parque temático hortera en que la están convirtiendo.

Con la mejor voluntad, incluso con crudo realismo, porque sabe que tras 40 años de fracasos de la Junta, Sevilla y Andalucía viven de venderse, el consejero ha obviado siglos de cultura al afirmar que Obama, con su visita, nos pondrá en el escaparate mundial. Ayudará a vendernos, como el cursi de Clinton y su señora (que espero nos libre de Trump) hicieron con la Alhambra. Pero ya era el monumento más visitado de España.

La visita de Obama es importante, pero si quiere conocer Sevilla es porque hace mucho que "está en el escaparate". Fíjese usted, señor consejero, que ya un francés escribía en 1855: "El vapor de Cádiz deposita cada día en la orilla del Guadalquivir una nube de viajeros que se precipita sobre la ciudad para disputarse la habitación más insignificante y pagarla a precio de oro". De ahí al low cost que nos llena la ciudad de claps-claps de chanclas el turismo de elite se hizo de mayorías a partir de los 60 y ahora de masas. Bien está. De algo hay que vivir. Pero procuremos hacerlo con algo de dignidad, ordenar el caos y no volver a los tiempos de la leche y el queso de los americanos.

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