RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez Azaústre

El espejo

TENEMOS un espejo delante de nosotros. Nos mira fijamente, nos contempla. Es la precariedad, su ahogo más lento. Nos devuelve una imagen no tan desvirtuada como nos pareciera en un principio, sino más acendrada en la degradación del semblante perfecto. No hay perfección, no hay calma, en las cuencas vacías de una mirada agria. Hay desolación, hay tristeza, hay encono. Y sobre todo mucha estupidez, que resulta cada vez más reconocible: una falta total de sentido común, de ritmo colectivo, de sensatez, mientras abunda nuestra capacidad para enfrentarnos con el menor pretexto.

Creo haberlo escrito alguna vez: un partido de fútbol es solamente un partido de fútbol. Que lo vean millones de personas y que esas millones de personas puedan estar dispuestas no sólo a gastar su pensamiento en su análisis posterior, y hasta enfadarse, y hasta pelearse, y llegar a las manos si hace falta, porque el tipo que llevaba una camiseta le hizo falta o no le hizo falta al que llevaba otra, es marca de la casa de la tontería pública, de esta especie de desolación social que nos ha traído hasta aquí. A uno puede gustarle, claro, cualquier deporte, y disfrutar al verlo. Pero de ahí a montar toda una cuestión secesionista, airada, histriónica, segregacionista, separatista, abonando el viejo odio más territorial, más terrible y nuestro, no deja de ser una soberana estupidez. Pero así vivimos, y en esto también -y sobre todo- gastamos nuestro tiempo, sacando una vez más lo peor de nosotros, como si no tuviéramos suficientes razones para la indignación.

Al mismo tiempo, no deja de resultar paradójico que la actividad costumbrista que más une a la gente en este país, precisamente ahora, cuando más necesitamos arrimar el hombro al hombro que encontremos más cercano, se haya vuelto también una nueva razón para alejarnos, para enfrentarnos todos otra vez, para asolarnos con nuestra sombra amarga. En toda esta cuestión soberanista hay una causa histórica -el antiguo nacionalismo catalán-, pero no me parece la más fuerte: creo que es el miedo, que también vuelve al independentismo más egoísta aún de lo que tradicionalmente ha sido.

Pero sobre todo es miedo: miedo a los recortes, miedo a la pobreza, miedo a no poder remontar ningún vuelo. Y por eso Artur Mas quiere salir de España: para estar en Europa con Alemania y Francia. Por eso ahora se agita la bandera de la separación, con esa ligereza temeraria que les da imaginarse solos en el mundo. No es un debate real, porque no habría saltado sin la crisis. Una vez planteado -irresponsablemente-, ha de dialogarse de otra forma, sin esta crispación, sin este exceso, sin toda esta torpeza.

Nos observarnos en cualquier espejo, aunque sea tan trivial como un partido de fútbol, y salta el gesto turbio del primer egoísmo. Es mejor mirar hacia otro lado.

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