HAY quién dice que Troitiño, mientras la Policía española y la Gendarmería francesa, lo buscaban en el sur de Francia, estaba en el estadio de Mestalla, viendo la final de la Copa del Rey, que se sospecha que el hombre es culé y monárquico. Otros lo situaban cubierto con un capirote, emboscado entre los miles y miles de nazarenos que esta Semana Santa, a pesar del agua, se han echado a las calles. Y es que, por lo visto -pero eso es un secreto para iniciados- su puesta en libertad no ha sido un error inexplicable de los tres magistrados de la sección tercera de la Audiencia Nacional, sino que, o bien éstos se han dejado llevar por su buen corazón, y le dieron una especie de permiso disimulado, pensando que, cuando le reclamasen otra vez su presencia, el hombre iba a estar esperando la orden, con la maleta hecha en la puerta de su caserío. Y más vale creerse esto que aceptar la verdad de lo que ha pasado, porque ha sido una situación ridícula, y conforme pasan los días aún más.

Tecnicismos aparte, como todo eso que se ha dicho sobre acumulaciones de causas o la doctrina constitucional del doble cómputo, lo que ha pasado es que los tres ilustres magistrados decretaron la libertad de Antonio Troitiño, creyendo que ya había cumplido íntegramente su pena es decir, veinticuatro años de un total de treinta, cuando no era así y todavía le quedaban seis años a la sombra. Pero lo más ridículo es que esos mismos tres magistrados, tras el rechazo social, el escándalo político y el recurso del fiscal, dan marcha atrás en su propia decisión y ordenan que el asesino de veintidós personas vuelva a la cárcel. Así que las Fuerzas de Seguridad tienen que ponerse en marcha, tras dictarse su orden de busca y captura, a los seis días de soltarlo, en medio de un descomunal escándalo público, que se está llevando por delante zonas considerables de un ya deteriorado acuerdo de los grandes partidos en materia antiterrorista.

Todo esto lo han liado esos tres magistrados, pero serán otros los que ahora tendrán que arreglar ese desaguisado que ha puesto en cuestión, entre otras cosas, la seriedad y la competencia de la Administración de Justicia. Así que son sus propios compañeros, esos miles de jueces, que casi nunca salen en los periódicos y que día a día toman decisiones complicadas y sensatas, los que más preocupados están por frivolidades de este calibre y, por eso han de ser ellos, dejando aparte corporativismos inútiles, los que pidan la depuración de responsabilidades.

Por otra parte, no deberíamos dar lugar a que ese comportamiento radicalmente erróneo de quienes se supone mayor rigor y mejor criterio, nos lleve a un rifirrafe político, para mayor gozo de los amigos de Troitiño, porque eso sería darle otra dimensión a lo que solo es un esperpento.

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