La ciudad y los días

Carlos Colón

El espíritu de las navidades pasadas

DUERMEN en nosotros los recuerdos, esperando que un beso en forma de encuentro los despierte como a las princesas de los cuentos. ¿O no nacieron los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido de aquel famoso encuentro con el sabor de una magdalena mojada en té? "En el mismo instante en que tocó mi paladar -escribe-, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba...". Unas veces la magdalena de Proust es un sabor, otras es un olor y a veces es una persona.

Una de las mañanas claras que precedieron a la Nochebuena me llamó mi amiga Clemen Mejías para felicitarme las Pascuas y contarme su visita a esa Sevilla de ultramar que son las casas que tienen en Argentina las hermanas de la Cruz. "Te llamo -me dijo- desde mi ventana de San Juan de la Palma". Como se refería a la que se abre a la calle Feria junto a la del Cristo de los Afligidos, a través de la que estaba vendiendo la lotería de la Amargura, bastó para que resucitaran mis navidades niñas de Regina y volvieran a colgar caballitos de cartón en la tienda de camillas y sillas de anea; a gorgotear los pavos del corral improvisado junto al puesto de flores; a dormitar el cerdito vivo en el escaparate de la semillería de José Gestoso; a oírse los pregones de los vendedores ambulantes de la Venera que cantaban las virtudes de peines que pelan, perritos que nadan y rayadores de patatas; a ver los tebeos colgados con pinzas de la ropa en el quiosco de Pablo; a llenarse de deseos las cartas para SS. MM. de Oriente de Pichardo; a oler a galletas y bacalao de Casa Sosa, especias de la semillería, pan caliente de Lobo, churros de Montaño y alhucema de la copa de cisco con la que intentaba calentarse, arrebujada en su toquilla negra, la viejecita del puesto del chucherías de la esquina de la cuchillería.

Otra de estas mañanas transparentes bastó que me encontrara con ese amigo de Nervión, al que hacía tantos años que no veía, para que la Gran Plaza volviera a ser un gran círculo de tierra con puestos de pavos y la tómbola de San Juan de Dios; se pusieran en marcha los proyectores del Goya, el Nervión y el Juncal; volvieran a llenarse las mesas de la Ponderosa; don Ricardo, el del Colegio San Miguel, organizara un rosario de la aurora; y volviéramos a reunirnos -Juan Antonio, Plácido, Jaime, José Miguel, Pedro, Félix- quienes tanto compartimos.

Sirvan estas visitas de las navidades pasadas, como en el cuento de Dickens, para recordarnos las deudas de amor que debemos saldar en las presentes.

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