PASA LA VIDA

Es la ética y no la estética

HOY Sevilla va a caer en su propia trampa. Muchos van a confrontar las procesiones del Domingo de Ramos y el Metropol Parasol como únicas manifestaciones posibles y potentes de la identidad y de la modernidad. Es una visión reduccionista de la ciudad tanto en un sentido como en otro, desnortada por no tener claros los conceptos de identidad y modernidad. Tan sevillano es el rock del grupo Triana como el repertorio de Farfán. Las amarguras de Cernuda o las de Rodríguez Ojeda. Las inmaculadas o los mendigos de Murillo. Sevillanas son las convicciones y vivencias de cada cual en recíproco respeto al prójimo. Y también las intolerantes.

Tanto al gobierno municipal como al Consejo de Cofradías, uno en capilla electoral y el otro en puertas del confesionario, les interesa desviar la atención para invisibilizar los graves problemas, hipocresías y fracturas sociales de la Sevilla actual, diezmada por el paro, la frustración y la exclusión. Es bizantina la discusión sobre la concordancia o disonancia estética entre el mallado de las setas y el de los palios. Supina tontería. No hay casus belli. Son las dos caras de la misma Sevilla en la que se enzarzan rancios y progres. Con el paso de los años, se irá comprendiendo mejor.

El debate de veras importante emana de la ética, y no de la estética. En la Encarnación, al fin después de 40 años, hay niños jugando a la pelota. Hay vida de jóvenes y de mayores, unos patinando y otros paseando. Pero todo eso se podía y debía haber favorecido de mil maneras que no hubieran supuesto gastarnos en una sola plaza más de 120 millones de euros, mientras la mayor parte de los barrios, envejecidos en demasía por su lamentable construcción y concepción, se quedan una vez más sin la regeneración que necesitan a todas luces.

La estética del icono de la Encarnación reza así: Que nos miremos el ombligo de la Sevilla vestida para la ocasión, y sigamos ignorando a la Sevilla del pan nuestro de cada día.

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