POR la boca muere el pez, y por el exhibicionismo rampante caen bajo el peso de la ley los pequeños y grandes delincuentes que no se sustraen a la tentación de alardear de su fechorías. Les pierde su propio impudor, que no les deja mantener en secreto lo que han hecho.

Hay una moda, en efecto, de utilizar las nuevas tecnologías para difundir los actos vandálicos, o incluso criminales, que uno comete. Cuando no es la violación en grupo de una menor es una agresión entre adolescentes, una carrera ilegal de coches o la humillación de un disminuido psíquico al que se emborracha por el puro placer de vejarle.

De vejarle y de propagar la vejación. No se concibe en ciertos sectores juveniles ninguna acción gamberra o delictiva sin la posibilidad cierta de grabarla en el teléfono móvil y colgarla en internet para disfrute de otros de parecido nivel educativo y psicológico. Parece como si el delito no estuviera completo si los delincuentes no pudieran vanagloriarse de haberlo cometido. En el pecado de la ostentación llevan la penitencia: ellos mismos fabrican y suministran las pruebas que les conducirán al reproche social y, si se tercia, penal.

Vandalismos y gamberradas se guarecían antiguamente bajo el anonimato. Sus autores guardaban para sí el recuerdo de la "hazaña" perpetrada o, todo lo más, hacían ostentación de ellas en círculos de amigos y allegados, entre alcohol y baladronadas. Ahora no se resisten a proclamarlas urbi et orbi, a hacer partícipes de ellas a la audiencia -potencialmente universal- de la red internáutica o la telefonía móvil de lo que antes reservaban a una intimidad perversa, pero de ámbito y eco reducidos.

No se resisten a la jactancia y la exhibición. Es grave este exhibicionismo, síntoma de una psicopatología de nuestro tiempo: el mal no se oculta por ningún sentimiento de culpabilidad; se exalta como algo de lo que enorgullecerse. La exhibición equivale a prescindir de la conciencia de culpa. Tampoco se esconde por temor al castigo, ya que la propia difusión del hecho pone en peligro la impunidad. Se teme más al anonimato que a la sanción. Estarán de acuerdo conmigo en que esto no es normal.

Hay una enorme dificultad en corregir y retornar al buen camino a alguien que está convencido de que sus actitudes violentas, incívicas o simplemente maleducadas no sólo no son merecedoras de censura o recriminación, sino que deben propagarse con las más modernas formas de publicidad. No es que no les importe el daño causado, es que alardean de causarlo. Los avances tecnológicos nos permiten cazarlos en muchos casos, afortunadamente, pero ¿cómo cambiar lo que tienen en sus cabezas?

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