La tribuna

Manuel F. Sánchez Blanco

La existencia de Dios

CUANDO se supo que la vida era pura química, que podía surgir o emerger a partir de la materia inerte en unas condiciones atmosféricas determinadas, todo pareció dicho, pero no fue así, aparecieron nuevas preguntas, nuevos interrogantes. Uno de los más famosos se produjo a raíz de los trabajos de los investigadores franceses Jacob y Monod, acerca de una bacteria, la denominada escherichia coli, que posee un prodigioso mecanismo, por el que es capaz de sintetizar enzimas en función de una señal química determinada por su entorno. Es decir, que posee una especie de inteligencia adaptativa al orden natural (para más información ver el trabajo de estos investigadores premio Nobel de 1965 titulado Lac operon).

¿Cómo puede este asombroso sistema de control ser fruto del mero azar? ¿Fue la evolución la que acabó imponiendo este sofisticado sistema? O por el contrario, ¿este hecho es una prueba más de algo trascendente? ¿Está la evolución dirigida o diseñada? ¿Podemos deducir una teoría de la finalidad?

Es también sabido que la laringe está situada en los animales encima del tubo faríngeo, protegiendo la tráquea y los pulmones de posibles penetraciones de alimentos, de modo que cualquier penetración es rechazada por ella evitando la asfixia y por tanto la muerte. Es un mecanismo de la evolución en defensa de la vida, y es coherente con el principio de supervivencia que rige la evolución de las especies.

Pero, sorprendentemente, esto no sucede en la evolución de los humanos; en ellos la laringe se va desplazando hacia atrás dejando la faringe desprotegida. ¿Por qué nuestra evolución va en contra de nuestra supervivencia? La única respuesta es que esa posición facilita la articulación de fonemas y sonidos guturales y, por tanto, la adquisición de un lenguaje (mucho más que un simple código de señales). Los evolucionistas argumentarán que es pura supervivencia, ya que la adquisición del lenguaje dota a la especie humana del instrumento definitivo para su predominio en la naturaleza. Se desguarnece un flanco para reforzar otro que nos dará la victoria. Un segundo criterio evolutivo contrario al primero.

Las preguntas iniciales afloran de nuevo: ¿Quién lo decidió? ¿Fue puro azar? Dice el filósofo Víctor López Pin que "el hombre y sólo el hombre posee un dispositivo que lo hace vehículo del lenguaje, equivale a apostar por una palabra no hipotecada a referencias trascendentes. Palabra quizás sin Dios, pero no por ello palabra menos portadora de una promesa de plenitud", y continúa el profesor: "No cabe racionalmente discutir sobre si el verbo se hizo carne, pero siendo, como es, indiscutible que nosotros somos carne convertida en verbo, cabe perfectamente preguntarse cómo tal cosa ocurrió". Finalmente, un pensamiento bellísimo: "El espíritu surge en la veracidad, y tan veraz es el que toma pie en la metáfora de Dios para que se despliegue en plenitud su concisión de ser de la palabra, como el que busca encontrar la clave de ese momento singularísimo de la evolución en el que un código de señales se liberó de su carácter funcional, empezando a tener sus propios objetivos".

Decía Darwin que para convencerse de la existencia de Dios por la razón y no por los sentimientos bastaba con la imposibilidad de concebir este universo inmenso y maravilloso como resultado de la casualidad o la necesidad. Todos los anteriores interrogantes, a los creyentes, nos dejan entrever que Dios está ahí, no solamente Él, ciertamente, pero en definitiva Él. Cómo no verle tras la bacteria E.coli. Cómo no verle tras la caída de la laringe, de la que alguien dijo que no era exagerado afirmar que su caída permitió el ascenso de la humanidad. Cómo no verle en la adquisición del lenguaje, instrumento definitivo de ese ascenso, que no es otro que el pensamiento racional.

Le pueden poner muchos nombres, algunos de ellos bellísimos: "Promesa de plenitud", quizás otro "la palabra", nombres que me recuerdan a otros tan hermosos y poéticos como "arca de la alianza", "puerta del cielo" o "torre de marfil". Nosotros sabemos su nombre y sabemos que "vive" entre nosotros, con nosotros y junto a nosotros. No esperamos de Él ningún cielo ni ninguna promesa de eternidad, nos basta con saberle, con sentirle, nos basta con su mensaje de convivencia en paz, amor y alegría, eso es todo.

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