Crónica personal

Pilar Cernuda

El experimento Syriza

INFLUYE, claro que influye, lo que ocurre en Grecia con un partido -Syriza- que ha colocado al país al borde del abismo, que va a ser utilizado en la campaña electoral de las elecciones generales, aunque esto empezó hace muchos meses.

Syriza y Tsipras son los amigos, socios o compañeros de Podemos y Pablo Iglesias, por mucho que en los últimos tiempos Iglesias haya intentado marcar distancias como ha hecho con Venezuela, aunque en este último caso se le ha visto el plumero al negarse a recibir a la mujer de Ledezma. Es evidente que quien paga manda, o quien ha pagado hasta hace un cuarto de hora. Pero la peripecia griega, por no decir la tragedia griega, tiene y tendrá lectura española.

La fácil: que Podemos apoya a un partido, Syriza, que no tiene un proyecto válido, que sus dirigentes han frivolizado al prometer lo que es económica y socialmente de imposible cumplimiento y lo sabían o tenían obligación de saberlo, así que han engañado a los votantes; y, lo más grave, que Tsipras y compañía -que finalmente han tirado la toalla tras provocar una crisis sin precedentes- no son gente de fiar, no asumen sus compromisos y han colocado al pueblo griego bajo las patas de los caballos, como si se tratara de gente que se toma sus responsabilidades a título de inventario. Por no hablar de que han llevado a los griegos a la ruina en apenas seis meses de gobierno, con un corralito impensable en un país europeo que es origen además de la democracia.

Los que ponían como ejemplo la supuesta sensibilidad de Tsipras hacia los problemas de la clase trabajadora griega y sus pensionistas, frente a la supuesta indiferencia de otros partidos que también supuestamente solo piensan en su propio interés y no en el pueblo llano, tendrán que hacer un profundo ejercicio de reflexión sobre las consecuencias a las que lleva un Gobierno populista, en el sentido de que dice lo que la gente quiere escuchar y no lo que en buena ley debe decir. Tsipras y Varufakis no tenían de progresismo más que su estética. Los dirigentes serios, progresistas y no progresistas, están obligados a contar con la suficiente preparación para acometer los grandes proyectos, deben huir de la demagogia -otra palabra griega- , y sobre todo no caer nunca en el engaño.

Mal que le pese a Pablo Iglesias, su debilidad, aparte de su anterior admiración por Syriza y por Tsipras, es precisamente que en su pequeña cuota de poder, la conseguida en las elecciones últimas, ha aparecido aquello que tanto denunciaba: la superficialidad de la mayoría de los que hoy ocupan cargos de relieve, el nepotismo, la palabra incumplida -con imputados que siguen donde estaban-, las ansias de figurar, la discriminación y la política de gestos.

España no es Grecia, afortunadamente. Pero Iglesias bien que ha puesto como ejemplo el proyecto de Syriza. Hasta ahora.

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