Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

La explotación del miedo

ESPAÑA no es la nación con mayor índice de delitos y violencia en Europa. Sin embargo, la televisión, que se orienta al espectáculo de la actualidad, crea una sensación de país inseguro. El escaso desarrollo de la sociedad civil hace que, en el plano individual, la influencia de los medios sea más acentuada cuando se carece de criterio para contextualizar una noticia.

Una catástrofe, una desgracia y la caída del IBEX se muestran en una secuencia lógica de comunicación de sucesos, con el despliegue de la tipografía más generosa o el rigor fúnebre del presentador de las catástrofes del día en la pequeña pantalla. En este enmarcado de la actualidad, del que también participan los medios públicos, es más fácil crear sensaciones que reflexiones. No hay contexto. Suenan campanasý El desplome de la Bolsa, el 21-E de la precampaña electoral, puede servir de nueva pieza en los argumentos de la oposición. Mientras subía -ha batido récord tras récord- nadie atribuía el milagro al Gobierno y se hablaba de la globalización de la economía o del efecto mariposa que hacía que un estornudo en Wall Street provocara un resfriado en Madrid.

Convertir en arma política el desplome bursátil es hurgar en las ventajas que ofrece la desinformación. ¿Quién va a contar ahora al gran público cómo se genera riqueza en la Bolsa? ¿Quién explicará cuál es el grado de autonomía nacional del mercado de valores en una economía mundializada? Detrás del titular-martillo y de la propia realidad del infortunio, el pánico no afecta tanto a los grandes inversores, que conocen los mecanismos del sube y baja bursátil y mueven, a veces de antemano, las fichas de la especulación, como al pequeño ahorrador y a una opinión pública desarmada, con una limitada capacidad de interpretación del acontecimiento. George Soros, que de todo esto sabe algo, ha calificado la crisis como la mayor desde la Segunda Guerra Mundial. Claro que no se refiere a España, sino a la coyuntura internacional. Pero, en la lógica de los voceros del caos, hacerse eco de la resonancia mundial del problema no produce réditos electorales.

El derecho a la información tiene como finalidad aminorar la incertidumbre ciudadana y ése es un papel que la cultura democrática asigna en gran medida a los medios. Excitar las pasiones, desinformar o enmarcar la actualidad de forma interesada son expresiones que pertenece al campo de la propaganda, arma preferida por las dictaduras para crear opiniones unidireccionales. El derecho a la información, claro, también pasa por contar al paciente lo que le ocurre, y no vale tapar una exageración con otra, como, por ejemplo, decir que la economía va bien o muy bien. Gestionar el futuro pasa por saber cómo apretarse el cinturón a tiempo y no hacer promesas que se corresponden con otro momento del ciclo económico.

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