En tránsito

Eduardo Jordá

La extraña resolución

EN su breve historia constitucional, que empezó en Cádiz en 1812, España ha tenido 33 constituciones diferentes. Si hacemos la media, sale a una constitución distinta cada seis años. No es un hecho del que podamos sentirnos orgullosos. En una de sus primeras películas, Llanto por un bandido, Carlos Saura retrataba a un militar liberal de comienzos del siglo XIX que se arrojaba al combate gritando "¡Viva la Constitución!". La valentía de aquel hombre era admirable, salvo que uno imagina que aquel militar creía en la Constitución de 1812 como si fuera un elemento de la Naturaleza con propiedades tan milagrosas como el "alcaesto" de Paracelso o las visiones del Sagrado Corazón de Santa Margarita María de Alacoque.

Hoy se celebran los treinta años de vigencia de la Constitución que más tiempo ha durado en España y que más beneficios nos ha deparado. En 1978, como decía Borges en Los conjurados al hablar de Suiza, los españoles tomamos "la extraña resolución de ser razonables". Por primera vez en la historia de España, casi todo el mundo coincidió en la necesidad de ceder para llegar a un acuerdo. Por primera vez, contraviniendo nuestra larga tradición de intransigencia, optamos por la mesura. Por primera vez reconocimos que teníamos muchas patrias -igual que Borges en Ginebra-, aunque todas esas patrias cabían en una sola. Por primera vez aceptamos que nuestros adversarios no eran enemigos, ya que la política no era un dogma de fe. Y por primera vez descubrimos que la política era el arte del consenso que hacía posibles los milagros cotidianos de la decencia y la responsabilidad y el trabajo bien hecho.

Han pasado treinta años y, por desgracia para todos, hay signos inequívocos de que volvemos a caer en las viejas prácticas de la milagrería política y de la intransigencia más cerril. En muchos aspectos, España ha regresado a los tiempos de los Austrias, cuando el Estado estaba tan fragmentado que nadie sabía qué leyes estaban en vigor, y cuando las Universidades hibernaban en los principios intocables de la Escolástica. Día a día, los profesores de ESO tienen que hacer su trabajo en condiciones lamentables, enfrentándose a unos alumnos educados por sus padres en las tácticas del chantaje emocional, el consumismo compulsivo y la adicción a la telebasura. Y mientras tanto, los pedagogos y los políticos se empeñan en culpar a los profesores de todos los males del sistema, porque se niegan a reconocer la ineficacia de sus disparatados planes educativos.

En 1978 los españoles decidimos ser razonables. Todo apunta a que treinta años después estamos volviendo a la irracionalidad y a la desmesura. Y a este paso, quizá crucemos pronto el límite de lo irreversible.

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