EL juicio por el caso de las facturas falsas del Distrito Macarena está dejando en evidencia las prácticas que se seguían en el Ayuntamiento, al margen de que los acusados den versiones contradictorias sobre si conocían el abono de obras que nunca fueron ejecutadas, como las del derribo del chamizo de San Diego. Si el primer día el contratista y ex socio de Juan Guerra, José Pardo, y el colaborador municipal, Manuel Portela, declararon que el ex secretario del Distrito, José Marín, conocía que el derribo nunca se ejecutó, este último sostuvo ayer que él era totalmente ajeno a que pagaba por una obra que nunca se había realizado. Llama poderosamente la atención que el Distrito pagase a ciegas las facturas, sin verificar ni recepcionar previamente las obras que encargaba, máxime cuando, según el propio Marín, expidió algunos de los cheques a nombre de Pardo y no de la empresa adjudicataria de los trabajos (COS) porque aquél le había advertido que si le entregaba cheques nominativos nunca podría pagar a los trabajadores porque, a causa de las deudas que tenía acumulada la sociedad, el banco se los quedaría como abono a cuenta. Así pues, el Distrito no sólo pagaba sin verificar si las obras se habían ejecutado realmente, sino que contrataba a empresas que se endeudaban con los bancos justamente por la demora municipal en abonarles las facturas. Adjudicarles más obras era una forma de compensación que derivaba en un círculo vicioso. En su declaración, el ex secretario del Distrito ha revelado que allí se burlaba de forma sistemática la normativa al fraccionarse cualquier presupuesto que superase los 3.000 euros, una decisión que no adoptaba él en persona, sino, atención, "un equipo entero", lo que abría la vía a adjudicar los contratos a dedo. Marín, en la táctica habitual de culpar también a los ayuntamientos anteriores tras el estallido de cualquier escándalo (así se hizo, por ejemplo, en el desalojo de los chabolistas de Los Bermejales), ha dicho que esto se hacía "desde tiempo inmemorial", una aseveración que no ha sido probada y que tampoco serviría de eximente, sino de agravante en gobiernos de progreso que han enarbolado siempre la bandera de la honradez y de la regeneración.

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