En tránsito

Eduardo Jordá

¡El ferro, el ferro!

EN septiembre de 1862, durante un viaje por España, Hans Christian Andersen acudió a una plaza de toros. En un momento de la lidia, las reses demostraron poca bravura, así que empezó a oírse un alarido que salía de los tendidos: "¡El ferro, el ferro!". Andersen preguntó a su traductor qué era aquello. "Las banderillas", le dijeron. Y en esto que salieron dos banderilleros que sometieron al toro a una tanda de rejones de castigo. La plaza soltó un aullido de placer. Andersen se estremeció como si tuviera un ataque de fiebre y salió de la plaza. No sé si hace falta añadir que todo eso ocurrió en Barcelona.

A mí no me gustan los toros, igual que a Andersen, y no creo que pueda olvidar el cuajarón de sangre, del tamaño de un puño, que vi sobre el albero de la plaza de Ronda después de un rejoneo. Pero tampoco me gustan las carreras de rallies, ni Cuéntame, ni David Bisbal, ni Joaquín Sabina, ni las novelas de Dan Brown, y no por ello exijo que se prohíban. Ya sé que el argumento de los que se oponen a las corridas es que el toro sufre durante el espectáculo, y eso es muy cierto, pero también sufren los animales en las granjas y en los establos, y no digamos ya en el matadero. Toda nuestra civilización se basa en el sufrimiento de los otros: de nuestros semejantes que viven con mucho menos que nosotros o de los animales con los que nos alimentamos. Comprendo a los que dicen identificarse con el sufrimiento del toro, aunque estoy seguro de que se mueven por otros motivos que no son la estricta defensa de los animales. Porque lo que de verdad molesta a esta gente es la forma de ser -machista e inculta- de ciertos toreros. "No quiero vivir en un país de toreros idiotas", leí hace poco en un libro de un joven poeta catalán. No creo que este poeta pudiera acusar a Juan Belmonte de ser idiota (o al menos si leyera el gran libro que le dedicó Chaves Nogales), ni tampoco a Dominguín o a Ordóñez, que vivieron unas vidas que equivalen a cien vidas normales de las que hemos vivido nosotros. Ahora bien, si uno piensa en Jesulín de Ubrique, la verdad es que cuesta mucho no darle la razón al joven poeta.

Y ya que hablamos de Jesulín, me pregunto qué es más cruel: si una corrida de toros o una operación de cirugía estética como la que se hizo Belén Esteban (se supone que para reconstruirse una nariz destruida Dios sabe cómo). Ya sé que Belén Esteban se operó con anestesia, pero su sufrimiento no debió de ser muy distinto del de un toro en una plaza. Y para acabar, una sugerencia: si se reúnen firmas para prohibir las corridas de toros, ¿por qué no se reúnen firmas para que una ley prohíba las apariciones televisivas de Belén Esteban, que son dañinas para la actividad cerebral de los humanos? Los toros, de momento, no se han pronunciado.

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