la ciudad y los días

Carlos Colón

Esos fieles custodios almonteños

DESDE que en el siglo XVI los monjes mínimos la vistieron con el traje de corte a la moda de los Austrias, la antigua imagen que Alfonso X entronizó en las Rocinas hacia 1280 se convirtió en el poderoso icono que poco a poco -Villamanrique, Pilas, La Palma, Moguer, Sanlúcar, Rota, El Puerto- fue atrayendo hacia la aldea almonteña a los devotos y peregrinos. Cuando se fundó la Hermandad de Triana en 1813 se puso la primera piedra para que la devoción irradiara más allá de los límites del antiguo Reino de Sevilla. Sevilla es mucha Sevilla y Triana mucha Triana. Pero Almonte es más que las dos juntas: la Roma normativa de la devoción rociera que nunca ha permitido que se olvide que la aldea del Rocío es la Jerusalén originaria, el lugar de la presencia de lo que da sentido a todo, la imagen de la Virgen del Rocío.

Ni Almonte devoró al Rocío, llevándose a la Virgen de la aldea al pueblo; ni la poderosa Sevilla devoró a Almonte; ni las 108 hermandades filiales han devorado a la Matriz. Todo quedó en su sitio sin que el desmesurado crecimiento experimentado en el siglo XX desencajara ni una sola tesela del mosaico rociero. Por mérito de la fiel devoción de un pueblo y del poder de una imagen.

Esta estructura radial que tiene su centro en la aldea se explica por el inmenso poder de la imagen de la Virgen del Rocío. Mucho manda la espléndida silueta triangular de cuyo centro surgen las manos como trono de Cristo. Y más aún mandan los pocos centímetros que mide el rostro en el que se funden -humildad de la mirada baja y gozo de la discreta sonrisa- Nazaret, Belén y Jerusalén: Anunciación, Nacimiento y Pentecostés. Todo gira en torno al poder de atracción de esta cara. No se engañen confundiendo la hermosa y a veces excesiva hojarasca de la fiesta con la raíz -la Virgen- y el tronco -la devoción- que le da vida y sentido a lo largo de todo el año, con o sin romería, en la ermita, en Almonte y en los ciento ocho altares filiales en los que cada día se reza a los simpecados.

Ya en las reglas de 1758 de la Hermandad Matriz se escribía que "era su portentosa hermosura atractivo aún para la imaginación más libertina". Imaginaciones y comportamientos "libertinos" hubo, hay y habrá -hasta masificados- en la romería; porque esto es una celebración de la vida con todas sus debilidades y fortalezas, contradicciones y coherencias, hecha a los pies de la Fuente de la Vida. Ni pagana ni beata, ni libertina ni pacata, la romería del Rocío tiene la fuerza de la vida y la confusión de lo humano. Una fuerza sujeta y una confusión ordenada por sus fieles custodios almonteños.

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