Desde mi córner

Luis Carlos Peris

Al fin en Sevilla la selección

Cuando el España-Inglaterra del mes de febrero hará ocho años largos que España no vuelve a la que fue su casa

QUINCE de noviembre del año 2000, España cae ante Holanda porque Hasselbaink y Frank de Boer han superado el gol de Fernando Hierro. Es un amistoso que se juega en la Cartuja siendo seleccionador nacional José Antonio Camacho. Era el tercer partido que se jugaba en el flamante estadio sevillano desde su inauguración con Croacia un año y medio antes. Ese día se ganó a los croatas a pesar de que Suker había inaugurado la cuenta. Engonga, Hierro y Dani, mallorquinista ya con un pie en el Barça, voltearon el tempranero gol del ex sevillista para una inauguración que presagiaba lo mejor en ese recinto, pero...

Meses después, la premonición empezaría a hacer aguas con una derrota ante Argentina. Kily González y Pochettino signarían la derrota justo un año antes de que con Holanda se despidiese España de Sevilla, de la ciudad que hizo el milagro de que España se reconciliase con la selección tras el fiasco del 82, el mayor fracaso que vieron nuestros siglos. Quiere decirse que ahora que se anuncia la vuelta para febrero ante Inglaterra habrán pasado ocho años, tres meses y dos seleccionadores sin que Sevilla haya catado al equipo que ella levantó de la mano de Miguel Muñoz, que fue con quien se obró la catarsis para rescatar al equipo de todo un pueblo para ese pueblo.

Ni con Sáez ni con Aragonés vino la selección jamás, que si hace ya casi ocho años que no viene por Sevilla, no vea usted el tiempo que hace que no pasa por Nervión y Heliópolis, que la última vez que jugó en un campo de esos que eran sus santuarios preferidos fue el 7 de junio del 95, uno a cero a Armenia en el Villamarín y, curiosamente, también con gol de Hierro, que hay que ver la de goles que ha marcado Hierro para España en Sevilla. En fin, que bien está lo que bien acaba, pero que ha sido demasiado el tiempo que Sevilla ha estado huérfana de algo que ella supo rescatar del fango para acarrearla en volandas y convertirse en sede permanente e inamovible.

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