Hoja de ruta

Ignacio Martínez

El final de ETA

CUANDO el grupo fundamentalista islámico FIS empezó a matar gente en los años 90, se llevó por delante a bastantes periodistas. Tras una de estas muertes, Le Monde publicó en portada una tira de su dibujante estrella, Plantu, en la que un redactor asesinado por la espalda yacía sobre su máquina de escribir, y en primer plano un terrorista le explicaba a otro: "Cuando le vi con la máquina supe que era o él o yo". A los dos asesinos de Ignacio Uría Mendizábal les ha ocurrido lo mismo, cuando han visto unas máquinas construyendo el tren de alta velocidad que conectará al País Vasco con el resto de España y Francia se han dicho "o él o nosotros". Han matado al constructor del AVE vasco en defensa propia. Todo lo que no sea llevar a Euskadi hacia la edad de piedra lo consideran una agresión que pone en peligro su ecosistema.

Han empezado a matar a nacionalistas como Uría. Y se comportan como la mafia de las películas. Matan a tu padre y van al entierro a darte el pésame. En vez de "no es nada personal, sino un asunto de negocios", entonan "no es nada personal, pero era mi oponente político". Hay un segundo agravante a la apertura de este frente nacionalista: lo protagoniza una tercera generación, que comienza su carrera criminal, después de medio siglo de terror. Como antídoto no hay otro remedio que la unidad y la firmeza de los demócratas.

Además de perseguir a los asesinos, un Estado civilizado debe eliminar todo vestigio de sus cómplices de las instituciones. Acción Nacionalista Vasca, la última sigla política usada por ETA, gobierna más de treinta municipios del País Vasco y Navarra, la mitad con coaliciones. Este año el Supremo ha declarado ilegales las marcas etarras municipal (ANV) y autonómica (PCTV), pero falta desalojarlos. Una tarea que debería ser fácil en aquellos ayuntamientos en los que han tenido la complicidad de Eusko Alkartasuna, la IU vasca o Aralar para conseguir una alcaldía. Por ejemplo, en Azpeitia, la localidad guipuzcoana en donde asesinaron el miércoles a Ignacio Uría Mendizábal, en donde el alcalde de ANV se ha negado a condenar la muerte de este simpatizante del PNV.

Desgraciadamente, es un buen momento para recordarle a Ibarretxe que convocar un referéndum sobre el derecho a decidir de los vascos con esta jauría suelta era darle oxígeno a los asesinos. Ahora matan a los suyos. ETA ha cruzado así una línea roja invisible. El abogado Txema Montero, antiguo dirigente de Herri Batasuna, expulsado de la organización en 1992, en una entrevista este verano en El País se preguntaba: "¿Cuándo vamos a saber que estamos ante el fin del fin de ETA, no al principio del fin, como estamos ahora? Esto se dará cuando ETA considere que ha llegado el momento de matar a nacionalistas directamente, y eso para mí va a ser su fin". Ojalá esté cerca.

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