La tribuna

Javier Ros Pardo

El flamenco, de la vida a las aulas

CADA uno celebró a su manera el reconocimiento de nuestro Arte Grande como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. En mi caso, cogí mi guitarra y entoné para los niños de mi clase unas jubilosas falsetas de Alegrías de Cádiz en do Mayor.

Luego, en privado, al conocer las intenciones procedentes de Torre Triana de que pase a formar parte de nuestros programas educativos, empezando por la Primaria, se me escaparon por los dedos unas lúgubres peteneras, repletas de descreimiento y adornadas con algún que otro "fa hueco" de desolación.

Debo aclarar que en el año 1979 obtuve, previo examen de aptitud, el carné profesional del Sindicato del Espectáculo de Sevilla, en la especialidad de Guitarra Flamenca. También reconozco que hago cosas algo rarillas: desde que empecé a trabajar como profesor hasta el día de la fecha, he integrado en mi aula de forma globalizada la enseñanza del Flamenco y de las Formas Musicales Andaluzas. Siguiendo la tradición clásica del Quadrivium, que integraba la Música con las Matemáticas, mientras mis niños maduran sus neuronas haciendo operaciones, les improviso unas falsetas de los diversos palos del Flamenco como rumor de fondo. Mi clase es alborotadora como muchas, pero puedo asegurar que se produce un silencio insólito y el nivel de resultados mejora.

Hemos cantado "pegasos lindos pegasos" de Machado por verdiales de Málaga. El año 1989 montamos una ópera flamenca: Romances andaluces de ayer y siempre. … Durante varios cursos desarrollé un proyecto llamado Flamenco y Creación Literaria: una vez, en dos clases de Sexto nivel, sin hablarles previamente de nada acerca del origen de la música que iban a escuchar durante la actividad, les pedí que hicieran una historia ficticia, para inspirarles les puse una música sin palabras saturada de emociones indescriptibles: unas flamenquísimas colombianas, polos y guajiras de la Suite Iberoamericana para piano de José Romero; crearon a la vez varias historias que hablaban de barcos, lejanías, nostalgias y amores allende la mar océana… y es que la capacidad expresiva de la música flamenca para inspirar y transmitir sentimientos es inaudita.

A los niños lo que les falta de conocimiento les sobra de intuición. Una de las claves secretas del éxito universal del Flamenco es su versatilidad para expresar a través del cante, el baile o la guitarra, los registros más arcanos de las emociones humanas… Todo eso debemos aprovecharlo en función de nuestros objetivos y contenidos que pueden ser los de una clase de matemáticas, prepararlos emocionalmente para interpretar una obra de teatro, escribir poesía amorosa o preparar un recital colectivo de canciones andaluzas con motivo del Día de Andalucía.

Del dicho al hecho hay muchos trechos. Para conseguir que el Flamenco se integre correctamente en los contenidos de nuestras clases, habría que sortear también trochas, vericuetos y precipicios muy ruines.

Para transmitir cualquier tipo de saber lo primero es contar con un profesorado competente para ello. No quiero desanimar a nadie pero, con la única excepción de Pedro Peña, hermano de Juan Peña El Lebrijano, y de Calixto Sánchez, que hizo muy buenas aportaciones a la Didáctica del Flamenco, hasta la fecha no he tenido el gusto de conocer a otros profesores capaces de interpretar a la guitarra una soleá, una farruca o una media granaína, ni a nadie haya integrado de forma globalizada en la Primaria o Secundaria el Flamenco y las Formas Musicales Andaluzas. Haylos, pero por ser poquísimos y muy voluntariosos, su labor es poco significativa.

Como no lo haya hecho por su cuenta, lo normal es que el profesor de Música de Primaria o Secundaria no haya recibido en su formación como tal unos conocimientos elementales de Flamenco.

La primera dificultad grave surge de su naturaleza intrínseca, y es que muy difícilmente se puede encontrar a una persona que, como ejecutante, domine mínimamente a la vez el cante, el baile y la guitarra. La segunda cuestión es saber si además de dominar esos conocimientos está capacitado para transmitirlos.

Hay otra aún más peliaguda: nuestra universidad, además de endogámica y teórica, blinda el acceso a la formación de los futuros docentes incluso a los profesores que además de poseer la más alta cualificación, combinaron bien teoría y praxis. Si eso es sucede con la práctica docente, teniendo en cuenta la formación poco formal de los flamencos, ¿estaría la Facultad de Ciencias de la Educación dispuesta, por ejemplo, a recibir como profesor o ponente a Manolito El Puñalá, uno de mis maestros, que sobrevivió como músico tocando por los tugurios de Barcelona? Vaya desde aquí mi grito de alarma en el desierto: en Japón hay más de trescientos mil ejecutantes de guitarra flamenca. Aquí en Andalucía, a cuenta de la última ola digital, hay menos niños guitarristas que nunca.

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