PASA LA VIDA

Juan Luis Pavón

Las flores del mal

EL envío de un ramo de flores el día de San Valentín acaba de ser tipificado en Sevilla como la prueba de carga del delito. El color y el perfume de la maldad y el terror. En caso de que usted se sienta arrepentido de su opacidad sentimental, o, por contra, si está despechado y tiene ganas de fastidiar, no se le ocurra hacerle llegar una docena de rosas o de lilliums. Ni siquiera de plástico. Le pueden parangonar a los hombres que penan orden judicial de alejamiento de las mujeres que han maltratado. En Sevilla hay uno condenado a diez meses de cárcel porque, al mandarle un ramo de flores a su ex esposa, ha quedado en evidencia que sabía dónde vivía (con su madre y la hija de ambos) y quebrantaba la prohibición de acercarse a ella.

Seguro que en el Juzgado de lo Penal número 3 de Sevilla han tenido en cuenta el conjunto de datos y testimonios para hilar fino en la veracidad de los hechos, intenciones y sentimientos. Y no pretendo convertirme en juez de instancia superior. Pero al condenado no le ha servido ni de atenuante que el susodicho ramo de flores incluía esta nota: "Con todo mi amor, para mis dos amores, de papá".

Desde que vimos a Robert Mitchum en la película El cabo del miedo, encarnando como nadie el arquetipo de amenazador con su sola presencia, es más comprensible que una mujer como la denunciante en este caso afirme que recibir un ramo le produjo un "estado de psicosis". Lo que me pregunto, en la España de hoy sometida a la vergonzosa lacra del machismo homicida, es cómo y cuándo un juez o jueza llega a distinguir que un hombre no tiene mala intención cuando intenta ponerse en contacto con su ex pareja y tener un detalle de acercamiento, ternura o arrepentimiento. Aunque le esté prohibido arrimarse a menos de 300 metros y aunque ella esté en su derecho de no hacer las paces. No sé si el acusado R.I.D. fue bueno o pérfido con su acción. Pero estoy convencido de que en la panoplia de quienes han violentado la integridad física y moral de una mujer, y han perdido la custodia de sus hijos, hay un porcentaje de varones que intentan hacer borrón y cuenta nueva de su conducta. Que buscan con mayor o menor acierto dignificarse como personas, llamando en primer lugar la atención de quienes les han sufrido en sus carnes. Tan cierto como que hay delincuentes que se reinsertan en la sociedad y no incurren más en propasarse con el prójimo.

Debería ser verdad que dos no se juntan si uno no quiere. Pero muchas personas, por debilidad psicológica y pereza mental, se avienen a mantener o reiniciar relaciones sentimentales trufadas de incomprensiones, desequilibros e insatisfacciones. Por eso vivían juntos en La Rinconada el hombre que atropella y la mujer que es atropellada paseando a su bebé. Una pareja que debía estar más que separada por la orden de alejamiento dictada contra él. La reiteración de semejantes barbaridades pesa en el ánimo de los jueces, para evitar males mayores, a la hora de atribuir la presunción de culpabilidad a cualquier hecho. Les faculta la ley. Constato que, en líneas generales, ni estamos protegiendo a las víctimas femeninas ni estamos reinsertando a los hombres que son víctimas de sí mismos.

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