El último pase

Como las focas

QUÉ tiene que ver un futbolista con una foca? Comparten cierta destreza en el dominio de una pelota. E igual que en un espectáculo con pinnípedos, los jugadores necesitan de un instructor que les dé continuamente pescado para estimularles, que les haga creer en lo que se les pide. Y también necesitan de esas palmas de ánimo que les llegan de las gradas. Los monitores instan a menudo a los espectadores a que aplaudan a los animales para que se sientan reconocidos, queridos.

Para tomar un ejemplo de este paralelismo, ningún caso mejor que el del Sevilla actual. Jiménez no da a sus jugadores su pescado preferido, el estímulo que reciben para la ejecución no es el mejor -no quiere ello decir que el entrenador no sepa lo que tiene entre las manos-, y el equipo no va a todas bajo el manual técnico del arahalense. Hay dudas, se volatilizó esa fe ciega en que el camino era el de los ganadores. Y de tanto variar el menú para dar con la tecla, Jiménez está olvidando su recetario, ese ideario personal que debe ser lo último que todo entrenador debe perder. Ese descreimiento de la plantilla en lo que recibe y esos síntomas de infidelidad de Jiménez hacia sus propios conceptos están despersonalizando a un equipo que asombró por la excelencia de su fútbol. Tanto lo está haciendo, que su juego raya en lo vulgar. En un vestuario con tantas nacionalidades y que además echa de menos a Javi Navarro o a Martí, el factor de cohesión es la creencia en un manual que lleve a un fútbol de alta escuela, a los triunfos y a los títulos. Cuando ha faltado ese manual, ha llegado la fractura.

Ahora, está en la grada de Nervión la voluntad de que su Sevilla enderece el camino. Si ante el Villarreal los jugadores reciben cálidos aplausos aunque no salgan las cosas a la primera, igual vuelven éstos a creer y disfrutar. Como las focas.

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