El tránsito

Eduardo Jordá

¿Por qué fracasan?

CUALQUIERA que conozca un poco la situación actual de la enseñanza sabrá que hay docenas de niños inteligentes y curiosos que se aburren en clase y que sacan malas notas, así que van a engrosar las filas pavorosas del fracaso escolar. ¿Por qué ocurre eso? Muy fácil: porque esos niños se aburren. Nuestro sistema educativo está tan desfasado como nuestro sistema judicial, y no habrá solución para los errores y los fracasos de uno y otro sistema hasta que alguien se atreva a cambiarlos de arriba abajo, cosa que no sucederá pronto porque cambiarlos significa cambiar por completo las reglas de juego, desde las materias que se enseñan en las Universidades hasta la metodología de las oposiciones y los requisitos exigibles a los profesionales de ambas carreras.

Nuestro sistema educativo es propio del siglo XIX, mientras que nuestros alumnos más jóvenes han nacido en el siglo XXI. Pretender que un sistema educativo funcione en tales condiciones es un disparate equiparable a obligar a un cazador nómada del Paleolítico a adaptarse a las condiciones de vida de un poblado de agricultores del Neolítico. Los niños pertenecen a una civilización distinta de la que ha inspirado los planes de estudio. Ellos viven en la civilización tecnológica de las consolas y los MP3, mientras que los libros de texto se han quedado anclados en la era de Guttenberg, a casi un siglo de distancia. Así que la verdadera Alianza de Civilizaciones (la otra nadie sabe para qué sirve) debería llevarse a cabo en las aulas: habría que unir el Libro y la Videoconsola, el Texto y el Ordenador, la Palabra y la Imagen.

Y eso requiere cambios profundos. Mi hija de diez años debe estudiar conceptos que aburrirían hasta a un perezoso (me refiero al animal tropical que vive colgado de los árboles), como la definición de provincia o de Parlamento autonómico. Habría que desterrar esos conocimientos inútiles -para los niños, al menos- y empezar por un buen conocimiento del lenguaje y de las matemáticas, enseñado de una forma sugerente. No se trata de rebajar los conocimientos, sino de trasmitirlos de una forma distinta. Un buen profesor debe poseer sentido del humor, imaginación y entusiasmo además de conocimientos de su materia. Y aunque esas cualidades no son cuantificables -y por tanto no pueden exigirse en un examen de oposición actual-, alguien debería introducir criterios de selección que sí las tuvieran en cuenta. Y además habría que desterrar por completo la filología y sustituirla por la lectura creativa. El día que el hip hop entre en las aulas de ESO, el fracaso escolar caerá en picado. Pero ese día, me temo, no llegará pronto. Pregunten a un profesor de literatura qué es hip hop y verán la cara que pone.

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