La gandinga

Rosa G. Perea

El frío

ESTÁS sentado en el coche con la mirada férrea como cada turno, pensando que a lo que no has podido acostumbrarte todavía es a este odioso frío. Este frío que ignora con desdén la dulce dictadura del azahar y hace que los días parezcan copias de sí mismos. El frío que no conoce mercurios, el frío de la distancia.

En la casa cuartel no se vive mal, hay gente buena a los que ha unido el juego con la muerte como camarada de la vida, almas recias que se acogen al desarraigo para hacer de un compañero un hermano porque es la mejor forma de sobrevivir a una ausencia que reseca el paladar.

¿Cuántos años hace ya que doblaste el mapa y llegaste a esta ciudad de cielos grises y ventanas entornadas? Ni te acuerdas. Venías con fecha de regreso en tu corazón, pero al jirón de la melancolía tuviste que hacerle remiendos con pequeñas escapadas a Sevilla. Al principio no faltabas a la igualá ni a los ensayos. Los kilómetros se iban borrando en la ventanilla del tren mientras tú mordías el peso de la trabajadera. Luego las cosas se fueron complicando y tuviste que cambiar el costal por la túnica. Al final ni siquiera la túnica. Y te conformaste con ver a tu Virgen en la puerta de la taquilla mientras agonizaba tu papeleta de sitio. El deber es el deber, siempre lo mismo. Lo sabes y lo aceptas. Se aprieta los dientes y se sigue adelante. Pero el frío sigue rompiéndote los sueños, el frío alejándote de Sevilla, el frío borrando el rojo de los almanaques...

Y en esta noche de abril sin el pregón de los naranjos, la radio del coche te ha llenado los labios de cornetas y tambores, de cerveza en mostrador de madera, de racheos de zapatillas y de capataces mandando en los ensayos. Y aunque notas en el pecho como el corazón se te está agrietando, bajas el volumen de la radio y no apartas la mirada del frente. No olvidas que estás patrullando.

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