Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

De los fuegos de Obama a los moros de Queipo

A PAGADOS los fuegos artificiales de la frustrada visita de Obama, en la que tantas esperanzas de situarnos en el mapa habían puesto el alcalde y sus más directos colaboradores, vuelven a la recalentada actualidad local los temas que, como los moros de Queipo, llevan más de un año dando vueltas y que son, cumplido ya el primer cuarto de mandato, vagas promesas que algún día se convertirán en realidad. O no, que diría Rajoy. La parálisis que vive la política nacional, en la que el fantasma de unas terceras elecciones ronda por la Carrera de San Jerónimo, parece haberse trasladado al Ayuntamiento de Sevilla. Ayuno de realizaciones, Juan Espadas sigue dándole vueltas a las mismas ruedas que empezaron a girar cuando llegó, gracias al impulso comunista y podemista, al sillón de la Plaza Nueva. Las que se mueven con más frecuencia son la de meterle mano de una vez a la invasión de veladores en zonas del casco histórico -sobre todo, la Avenida, la Campana y Mateos Gago- y la de poner en marcha la ampliación del tranvía hasta la estación de Santa Justa, proyecto que Juan Espadas quiere convertir en el emblema de su paso por la Alcaldía.

El primero de ellos, la proliferación de mesas, sillas, sombrillas con pulverizadores de agua y todo lo que ustedes quieran añadir que ocupan en la calle el espacio que debería estar destinado a la circulación de los peatones es ya un problema. Si a eso se añade la falta de criterios estéticos que afean aún más el paisaje urbano en una ciudad que se reivindica como turística por encima de cualquier otra circunstancia, el problema no es precisamente menor. El alcalde lleva ya más de un año en el puesto y durante este periodo ha habido sólo declaraciones y quejas de la situación heredada de la anterior administración municipal, pero lo cierto es que no sólo no se ha hecho nada, sino todo lo contrario. La cosa tiende a empeorar por más que el número dos del gobierno municipal, Antonio Muñoz, se lamente con amargura de que la Avenida resulta un atentado al buen gusto. Si alguien tenía que haber hecho algo por evitarlo es precisamente él y si alguien no lo ha hecho hasta ahora es también él.

La ampliación del tranvía es el otro tema recurrente de Juan Espadas que aparece como el monstruo de lago Ness cuando hay que contar algo y no sabe muy bien qué. Esta semana, el alcalde ha anunciado que ya se ha ultimado el pliego para sacar a concurso la redacción del proyecto y que la licitación se haría en septiembre para una primera fase hasta Nervión. Sería interesante que aclarase de paso los aspectos financieros de la obra porque, que se sepa hasta ahora, el Banco Europeo de Inversiones, que es quien tendría que poner la mayor parte del dinero, no hay dicho esta boca es mía. Que el tranvía sirva para conectar de forma rápida y directa la entrada a Sevilla a través del AVE con el corazón de la zona más turística de la ciudad no sólo es una buena idea, sino una necesidad perentoria. El tranvía desde la Plaza Nueva a San Bernardo tiene una utilidad muy relativa más allá de salvar dentro de un vehículo con aire acondicionado el páramo aplastado por el sol que es la Avenida. Pero o al asunto se le da un acelerón y el alcalde se pone las pilas para sacarlo adelante o se puede convertir en uno de esos mantras que con el tiempo se van vaciando de significado y que con tanta facilidad se dan en Sevilla, como el metro, el dragado del río o la zona franca.

Los periodistas antiguos hablaban en tiempos de las serpientes de verano. Eran noticias más o menos inventadas o más o menos exageradas para suplir la falta de información propia de estos meses. Al oír hablar a nuestras primeras autoridades municipales de acabar con el dislate de los veladores y del tranvía a Santa Justa me he acordado de las viejas serpientes. Será que el calor nos hace ser mal pensados.

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